H: HIPERACTIVIDAD

En 2008, tres prestigiosos psiquiatras fueron investigados y condenados en EE. UU. por no declarar 4.2 millones de dólares que habían recibido de la industria farmacéutica como pago por hacer propaganda del llamado Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) y su tratamiento farmacológico (en Ortiz Lobo, A., 2013, “Hacia una psiquiatría crítica”).

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imagen extraída de diaadia.com

Con tantos intereses económicos en juego (tanto de la industria farmacéutica como de algunos profesionales), no es de extrañar que de manera masiva se prescriban estimulantes a miles de niños occidentales que presentan inquietud y bajo rendimiento escolar. De la misma manera, y por los mismos motivos, los antidepresivos multiplican sus ventas al utilizarse ante numerosas reacciones emocionales que podrían considerarse sanas y adaptativas. Se trata del imperio de una perspectiva biologicista y descontextualizada desde la que también se viene medicando, por ejemplo, la timidez, el fracaso escolar, el miedo o la rabia. Y todo ello gracias al desarrollo del marketing en la industria farmacéutica que ha conseguido que la venta de psicofármacos sea uno de los negocios más rentables del planeta, sobreutilizándolos, produciendo daños evitables en los pacientes y prescribiéndolos muchas veces de forma inapropiada.

En este contexto conviene tener presente que los psicofármacos que se emplean con niños han sido ensayados únicamente con adultos y que su cerebro aún está en desarrollo con lo que los efectos secundarios son potencialmente más graves en ellos.

De manera específica, en el caso de la llamada Hiperactividad, en distintas investigaciones los estimulantes que suelen prescribirse para su tratamiento se han asociado a pérdida de apetito, pérdida de peso, retraso en el crecimiento, insomnio, aumento de la hiperactividad, alteraciones motoras como tics, problemas cardíacos, muerte súbita, dependencia física y síndrome de abstinencia cuando se retiran bruscamente (ibid.).

La alternativa a esta medicalización de la vida, y en concreto a la medicalización nociva de la infancia, sería valorar cada sintomatología o supuesta sintomatología, en el contexto de las contradicciones que genera una sociedad neoliberal, hiperconsumidora y competitiva y que cristalizada en determinadas dinámicas familiares que pueden analizarse. Es ahí donde la inquietud de tantos niños podrá ser escuchada y cobrar un sentido.

No obstante, este tipo de análisis psicosocial requiere de los padres y profesionales el esfuerzo de pensar e implicarse como parte activa en los conflictos y no implica ningún beneficio para las industrias farmacéuticas. ¿Será por ello que seguiremos escuchando como un mantra el diagnóstico de TDAH con su correspondiente tratamiento farmacológico?

Luis Manuel Estalayo

Psicólogo clínico

 

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