El reflejo de una mentira

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imagen extraída de cuentosycuentinimos.blogspot.com.es

 

El reflejo de una mentira

La palabra mito deriva del griego mythos, que significa “palabra” o “historia”. Estas historias definen y justifican el mundo, las civilizaciones se sirven de los mitos para consolidarse y, aunque su importancia original se ha perdido, lo cierto es que siguen presentes en nuestros días, conservando su fuerza, subsistiendo bajo distintas máscaras, funcionando como una ventana hacia lo simbólico, un puente entre razón e intuición.

Cassier considera que la relación del hombre con el mundo siempre dará como resultado la producción de símbolos, sea bajo la forma de lenguaje, arte, religión, ciencia, y, fundamentalmente, mitos, que se sitúan en el centro de las llamadas por el filósofo alemán “formas simbólicas”.

La psicología reconoce el valor del mito como “idioma del inconsciente”. El ser humano necesita de los mitos, muy especialmente en la etapa infantil, pues son necesarios para el desarrollo del individuo. Los mitos y cuentos populares se sellan en el inconsciente, funcionan a lo largo del tiempo y de las generaciones porque se vinculan con elementos de la estructura psíquica, con deseos y temores universales. Los mitos nos ayudan a estructurar el mundo, a ordenarlo y poder así desenvolvernos en una cultura.

La fascinación que estos relatos despierta sobrevive intacta. Podemos observar residuos mitológicos en numerosos lugares: en el arte, donde la mitología siempre ha sido tema recurrente, de hecho, arte y mitos tienen un origen común, un origen unido al pensamiento de corte mágico. Así, a medida que nuestra mente iba configurando una imagen de Dios, o de varios dioses, de una naturaleza suprema y sobrehumana, fuimos tallando su forma en madera o piedra, plasmando su imagen en pintura o creando lugares sagrados. Aún hoy en día siguen existiendo representaciones mitológicas en los distintas expresiones artísticas: pintura, escultura, poesía, teatro, danza, música…; nuestro lenguaje también está repleto de referencias mitológicas; los nombres de la astronomía, cuerpos celestes, los planetas, etc.; diversas religiones derivan de mitos, sustentándose en relatos análogos o similares; en productos de la industria cultural como novelas, películas y series de televisión; en la sociedad en general explotamos la figura de héroe y el antihéroe.

Hoy día, hay otro espacio que se ve enormemente influido por los mitos, y es el de la publicidad. Esta explota los mitos con fines persuasivos. Como hemos mencionado, los mitos se sustentan en formas simbólicas, en arquetipos modélicos que quedan arraigadas en el inconsciente y es por ello que funcionan como un excelente vehículo para llegar al receptor y estimular así al consumo. La publicidad representa míticamente cualquier conflictividad real, quiere, y consigue, dirigirse a un público deseante, no pensante. “(…) Tan radical que su completo éxito impide el desarrollo de la inteligencia. El mito responde a toda cuestión aun antes de ser planteada. Impide que se plantee la cuestión” (Gusdorf). Para “crear” diferencia los anuncios se sirven de la sobresignificación, otorgando a los productos un valor simbólico. El mito tiene el papel fundamental de constituir modelos inamovibles de obligada imitación (personajes publicitarios son presentados como dioses y semidioses), puesto que a partir de ellos se consagra la visión del mundo sostenida por la comunidad. Los publicistas explotan los temores y deseos ocultos. Hoy en día, el ser humano se sigue preocupando de vencer el deterioro físico asociado a la vejez. La publicidad muestra modelos perfectos e inmortales, presenta productos mágicos que ofrecen resultados mágicos. Así, se establece una asociación producto-imagen para el espectador. La publicidad también hace uso del tiempo mítico, concepto introducido por Mircea Eliade, un no-tiempo en el que da una negación de todo aquello externo al deseo, se establece una realidad no contradictoria que lleva a realizar actos de repetición y obligada imitación. Así, el Mito del Edén es aludido constantemente en la publicidad, donde se nos muestra al hombre paradisiaco, que da la espalda a cualquier problemática. El consumo nos dará acceso a ese espacio, a ese Edén.

Una figura muy explotada, en relación sobre todo a los anuncios de bebidas alcohólicas, la de Dionisio, dios del placer y el dolor, de la creatividad y de la locura, de la belleza y el éxtasis, antítesis de Apolo, encarna la razón contra el instinto, el mal contra el bien, la noche frente al día, pero también la liberación. De esta pluralidad, existen varios conceptos unidos a Dionisio que serán los que recogerán la publicidad: su imagen de toro, la fiesta y el placer báquico en el que es fundamental el alcohol. La exaltación del poder místico del vino que conduce a la fiesta o a la orgía , donde el placer erótico-sexual, lleva a experiencias que permiten ascender una realidad suprerracional y a desarrollar conductas anormales, utilizado todo esto en la publicidad actual y dionisiaca , en suma, provoca el exceso y el escapismo , algo que en los tiempos de la cultura del ocio hace que prevalezca Dionisio sobre Apolo , como ya habían profetizado Nietzsche, todo para que se nos muestre el lado oscuro del hombre.

Pero quizás la figura mitológica que más es aludida en el discurso publicitario es la de Narciso. Tal como recoge el mito griego, Narciso era un muchacho hermoso que cuando nació el adivino Tiresías predijo que si veía su imagen en un espejo sería su perdición, de modo que su madre, la ninfa Liríope, evitó siempre objetos en los que pudiera verse reflejado. Narciso creció hermosísimo sin ser consciente de ello y sin hacer caso a las muchachas, prendadas por su hermosura. Un día, por avatares del destino, sediento se acercó a un riachuelo y, a punto de beber, vio su imagen reflejada en el río. Tanto le perturbó su imagen que quedó totalmente cegado por el reflejo de su propia belleza. Algunos dicen que murió en ese momento y otros cuentan que murió ahogado tras tirarse al agua. En este lugar, creció una flor llamada Narciso, que crece sobre las aguas de los ríos, donde a su vez se ve reflejada. A través de esta historia mítica conocemos al personaje que simboliza a un gran número de individuos de esta sociedad mediática basada en iconos que se erigen como dioses modernos. Hoy el mito es aplicable a una sociedad que basa sus valores en una adoración desmedida de la belleza, como concepto estético puramente superficial. Pero, en realidad el individuo narcisista ni siquiera se ama a sí mismo, tan sólo se identifica con su imagen idealizada, mientras “la imagen del yo verdadero queda perdida” (Lowen, 2000: 22), ensimismado en su imagen e incapaz de sobrepasar dicha imagen, donde está el conocimiento de sí mismo. De hecho, la sociedad actual se caracteriza por la superficialidad y el énfasis en lo externo y la sensualidad y, como manifiesta Lowen, es una sociedad que “impone pocas restricciones al comportamiento, e incluso anima a exteriorizar los impulsos sexuales en nombre de la liberación, pero minimiza la importancia de los sentimientos” (Ídem, 26), cuyo resultado es la deshumanización del individuo moderno, hedonista, materialista e individualista. Es lo que Enrique Rojas denomina como hombre light, que define como un individuo de este tiempo caracterizado por el narcisismo y el subjetivismo, “centrado en sí mismo, en su personalidad y en su cuerpo, con un individualismo atroz, desprovisto de valores morales y sociales, y además desinteresado por cualquier cuestión trascendente” (Rojas, 1998:88).

Narciso tiene especial importancia en una sociedad en la que hay una excesiva valoración de la belleza como concepto meramente estético, donde el hombre desea gustarse más, lo que justifica el amplio mercado ligado a la cosmética y cuidado del cuerpo convirtiendo nuestro entorno en una sociedad de individuos narcisistas dormidos en la contemplación de sí mismos admirados por su belleza. Las marcas establecen una relación emocional con los consumidores mediante mensajes universales que conectan con su lado íntimo y afectivo. Pero la sociedad de consumo está basada en unos individuos que buscan el placer en los objetos como vía de escape de sí mismos y esto es lo que acaba ocurriendo con Narciso: el individuo narcisista ni si quiera se ama así mismo, solo se identifica con su imagen idealizada, olvidando la verdadera, olvidando su verdadero yo. El mundo en el que habita Narciso es falso. Se identifica con miles de imágenes y se deja persuadir por ellas en una huída de sí mismo hacia esa falsa realidad.

Todo esto tiene como resultado que la publicidad no solo adopte las estructuras de los mitos, sino que los papeles se invierten y en lugar de intentar parecerse la publicidad a la realidad, es la primera la que acaba dictando la realidad. No se nos presentan personajes que intentan parecerse a dioses y diosas griegos, sino que ya son dioses en sí, envidiables, inalcanzables, imposibles… inexistentes al fin y al cabo, pero aún así nos empeñamos en tenerles de modelo e intentar parecernos. Al final lo que tenemos son nuevos dioses, los dioses de nuestro tiempo, que son las marcas, y acudimos a las tiendas como a templos de adoración, siguiendo un ritual. La insatisfacción, inherente al ser humano, y origen del deseo, también natural en el ser humano, es explotada por los mercados. Deseamos productos, o quizás solo deseamos esa imagen que asociamos a dichos productos. Intentamos suplir nuestras carencias con productos porque vivimos la ilusión de que mediante ellos podremos asemejarnos un poco más a esos dioses, a los que deseamos parecernos, a esa idea que se nos ha quedado grabada del mundo paradisiaco, a ese Edén. Tan absurdos e infelices como aquellos tristes mortales, insignificantes al lado de los Dioses del Olimpo. Como Sísifo cumpliendo el castigo de estos, arrastrando una enorme piedra colina arriba, para justo al llegar a la cima que esta se caiga hasta abajo y tener que volver a empezar, así indefinidamente.

Paula Estalayo Bielsa (Estudiante de Bellas Artes)

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