UNA SOCIEDAD MUY ACELERADA

Shangai
Shanghái

 

UNA SOCIEDAD MUY ACELERADA

                                                           “Cinco minutos bastan para soñar toda una vida.”  (Mario Benedetti)

 

Han pasado más de 40 años desde que Michael Ende publicara su conocido Momo y da la impresión de que la ficción que plantea sigue siendo un tema de absoluta actualidad.

Como se recordará, Momo es una niña abandonada que vive en las ruinas de un anfiteatro y que tiene la virtud de saber escuchar a los demás siendo numerosas las personas que acuden a ella para desahogarse y encontrar solución a sus problemas.

Al universo placentero y tranquilo de esa ciudad llegan los “hombres grises” que viven parasitando el tiempo de los hombres, y convencen a la ciudad para que les entregue su tiempo. Se trataría de poder ahorrar el tiempo en un banco para recuperarlo más tarde con intereses. Sin embargo, cuanto más tiempo van entregando, cuanto más ahorran, menos tienen, de manera que ya no existe el tiempo para hablar, para jugar, para reír ni para compartir.

Los hombres grises intentarán acabar con Momo porque cuestiona sus intereses pero ella les vencerá con la ayuda de una tortuga y el maestro Hora. Acabará para siempre con los hombres grises.

No obstante, en la actualidad hay numerosos “síntomas psicosociales” que vienen a demostrar que la victoria de Momo se produjo solo en la ficción. Son numerosos los niños y adultos que parecen vivir con un ritmo muy acelerado, descentrados y dispersos. El creciente desarrollo de las nuevas tecnologías condiciona un tipo de pensamiento igualmente acelerado, donde no pareciera existir tiempo para la pausa. Son numerosas las personas que manifiestan una elevada necesidad de tener siempre “algo que hacer”, sintiendo malestar en los momentos en que no sea así. Incluso a la hora de ir a dormir pueden manifestar problemas de insomnio porque su cerebro sigue activo en miles de historias por concluir. El tiempo para pensar, respirar con tranquilidad o sentir, pareciera un sinsentido, una pérdida de tiempo.

Estamos inmersos en un intercambio vertiginoso de informaciones navegando en distintas redes sociales, como si Crono devorase a sus hijos cada vez a mayor velocidad. Circulamos por la vida con mirada filmadora, como si nos hubiéramos convertido en una permanente cámara fotográfica. O bien, focalizamos la mirada en la pantallita del móvil, sin necesidad de ver por donde andamos, con quién nos cruzamos, ni dónde estamos. Lo importante sería estar conectados en la red, ese nuevo mundo real-imaginario donde otro tipo de sensaciones y pensamientos no tendría cabida.

El proyecto social e individual pareciera demandar un ritmo vital muy acelerado vinculado a una imperiosa necesidad de consumo, un ritmo que solo puede beneficiar a hombres grises con nombres de multinacionales. Un ritmo que hace difícil percibir, sentir o pensar. Un ritmo que niega la importancia de la vertiente espiritual, real y simbólica del ser humano, la trascendencia de las relaciones, la solidaridad, la contemplación, la escucha, el baile o la risa. Esas “pequeñas cosas” que pudiera representar Momo.

A la velocidad del nuevo mundo todo se homogeniza, los paisajes son intercambiables en su uniformidad, se hace difícil ver las diferencias o las densidades, la complejidad.

En este contexto es muy interesante la reflexión de Juhani Pallasmaa analizando los efectos de esta diosa de la velocidad en el ámbito de la arquitectura en su libro “Los ojos de la piel” (2010).

Pallasmaa plantea que las experiencias de alienación, distanciamiento y soledad que se dan en el mundo actual, simultaneas a una permanente conectividad virtual, pueden estar vinculadas con cierta patología de los sentidos: “El dominio del ojo y la eliminación del resto de sentidos tiende a empujarnos hacia el distanciamiento, el aislamiento y la exterioridad”.

Es cierto que la vista es el único sentido lo suficientemente rápido como para seguir el ritmo del increíble incremento de la velocidad en un mundo tan tecnológico. Pero el mundo del ojo, aislado del resto de sentidos, hace que se viva cada vez más en un eterno presente aplanado por la velocidad y la simultaneidad.

Es como si la sociedad actual priorizara al ojo y al hemisferio izquierdo pero dejara sin hogar al cuerpo y al resto de sentidos, así como a nuestros recuerdos, nuestros sueños y nuestra imaginación.

Según el análisis de Pallasmaa, la arquitectura sería un buen ejemplo de esta sobreestimación del ojo puesto que “(…) en lugar de ser un encuentro situacional y corporal, la arquitectura se ha convertido en un arte de la imagen impresa fijada por el apresurado ojo de la cámara fotográfica”.

El bombardeo incesante de imaginería que percibimos sólo conduce a que las imágenes se vacíen gradualmente de su contenido emocional. Las imágenes se convierten en mercancía, en productos manufacturados infinitos que pretenden aplazar el aburrimiento; cada persona se ha mercantilizado, consumiéndose a sí misma despreocupadamente sin tener el valor, o ni siquiera la posibilidad, de afrontar su propia realidad existencial.

Los nuevos templos de las divinidades del mercado pueden encontrarse en todo el mundo y en ellos la luz brillante homogénea paraliza la imaginación, al mismo tiempo que la homogeneización del espacio debilita la experiencia del ser y borra el sentido del lugar. Toda la arquitectura es igual, no se perciben texturas ni elementos diferenciales de la Historia. Uno puede encontrar un mismo decorado en Madrid, Lima o Pekín, percibiendo una uniformidad que aniquila la Historia y los sentidos. Muerte de la Historia que como en el paradigmático caso de Shanghái querría demostrar que estamos hechos para vivir en un mundo inventado de ensueño.

Quizá los “hombres grises” estén redoblando sus esfuerzos amparados en las nuevas tecnologías del siglo XXI, con el proyecto de que consumamos consumiéndonos y no pensemos que el final, después de tantas luces recorridas a la velocidad del rayo, nos es conocido: “El tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto” (Charles Chaplin).

En este universo de (sin-)sentido, las palabras de Gandalf a Frodo suenan a radical esperanza: “Sólo de ti depende qué hacer con el tiempo que se te ha entregado”.

 

Luis Manuel Estalayo Martín

Psicólogo Clínico

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4 comentarios

  1. Todo es cierto. Lo que cada día hemos de recordar es lo que hace tiempo oí decir, y es que de nuestros derechos no es protector el estado o la empresa, somos nosotros. Reconocer nuestro derecho a un espacio interior debería ser un acto consciente y personal, no esperar que “otros”, un “ente ajeno”, venga a devolvernos lo que es nuestro. Deberíamos respetar, sí, el derecho del otro: no habría centros comerciales abiertos en domingo, por ejemplo, si no hubiera clientes, no hubiera demanda. Pero todo empieza en uno. No habría abuso si cada persona, consciente de sí misma y respetuosa del otro, se negara a entrar en el torbellino de “los hombres grises”. ¿Difícil?: SI. ¿Imposible?: no lo sé, ¿has probado?

    • Me parece muy sugerente e interesante tu idea de “derecho de un espacio interior”, todo un reto. Igual que la posibilidad de ir sorteando los hombres y tiempos grises, dificil pero estimulante en el empeño de ir construyendo relaciones mas justas, sanas y solidarias.

  2. El tiempo dedicado al ego, al engorde narcisista, habla de nuestra propia grisura. Eso de no soportar el anonimato. Qué mejor cosa que parecer mortal, si se es por naturaleza.

    • Quizá sea ese ser mortal, esa naturaleza real, lo que sea insoportable de mentalizar y lleve a disfraces narcisistas e individualistas que necesitan exhibirse a gran velocidad. Porque la pausa, el tiempo para la reflexión, amenazaria con el surgimiento de eso tan real como insoportable…

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