MASCULINIDAD Y MALTRATO DE GÉNERO

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MASCULINIDAD Y MALTRATO DE GÉNERO

El 8 de mayo de 1936, Julia, mujer de 55 años, narra un cuento en Medina del Campo, Valladolid, que es registrado por Aurelio Espinosa (Cuentos populares de Castilla y León, T.II. CSIC) con el nombre de “La esposa desobediente”. En este cuento, una mujer estaba todo el día en la cama mientras su marido trabajaba en el campo. Hasta que el marido, harto de la actitud de su mujer, la golpeó con una vara de arar: “-Toma, pa que friegues; pa que barras…y hagas todo lo que haya que hacer en casa. Y si mañana, cuando venga, no está hecho todo lo que haya que hacer en la casa, disponte a llevar otra más grande (…) De manera que ella escarmentó y se hizo una mujer que todos los días tenía todo hecho cuando volvía el marido. Y vivieron felices…”.

Me pregunto si Julia conocería algunos refranes populares que conectarían con los mismos valores “clásicos”:

A la mujer y a la burra todos los días zurra.
La mujer es buena por ventura y mala por natura.
La mula y la mujer a palos se han de vencer.
A la mujer y al ladrón quitarle la ocasión.

O si cantaría la canción infantil de un tal Antón Carolina que mató a su mujer, la puso en un saco y la dio a moler (…el molinero dijo esto no es harina sino la mujer de Antón Carolina….). O si tendría conocimiento de un tal Don Federico que también mató a su mujer, la hizo picadillo y la puso en una sartén…
Otras canciones populares también transmitían los mismos valores. Así por ejemplo, en el Cancionero Secreto de Cantabria (1989) se consigna una canción popular que dice:

“Toda la mujer que quiera
mandar más que su marido,
Santo Cristo del Garrote,
leña del verbo Divino.”

En el mismo texto se registra otra canción que con intención humorística refiere otros signos clásicos de supuesta masculinidad:

“Vicios no tengo ninguno,
nada más me gusta el vino,
de los naipes no me aparto
y a las mujeres me arrimo.”

Y pensando en canciones que transmiten esta diferenciación de roles es inevitable recordar a esos payasos televisivos de enorme éxito (Gabi, Fofó y Miliki) que cantaban “Los días de la semana” en los que una niña nunca podía ir a jugar porque tenía que planchar, limpiar, lavar, coser, barrer, guisar y rezar.

Basten estos poquísimos ejemplos para constatar cómo se va construyendo un universo imaginario de expresiones vinculadas a roles sexuales muy definidos y complementarios. La feminidad relacionada con la sumisión, la obediencia y la docilidad. Y la masculinidad con signos de aparente poder que incluye golpear a la mujer y a los hijos, beber (incluso hasta el alcoholismo), jugar (incluso hasta la ludopatía) o ser muy activo sexualmente.

Este discurso tiene una antigüedad mítica e histórica. Ya en el Génesis Adán sufrió por la curiosidad femenina, y tuvo que aprender a dominar al ser culpable por mandato divino. De hecho, toda la era feudal (siglos XI-XIII) siguió siendo testigo del énfasis dado a este tema de la condena de Eva, responsable de la Caída, cosa que la Iglesia no consigue superar. Partiendo de este mito fomentado hasta la saciedad por la Iglesia, el hombre va alimentando una misoginia en la que el temor puede más que el desprecio cuando toma la palabra; así podrá hablar de la mujer como pendenciera, desobediente, cruel, envidiosa, impúdica o débil. Es decir, la mujer como elemento negativo de la Creación.

¿Tendrá algo que ver este temor hacia lo femenino con la necesidad primitiva de someterlo?
“La primer noche de novios
penséme que me moría,
al ver aquel gato negro
las barbas que me ponía.”

En cualquier caso, pensando en el poder de los hombres en épocas históricas, es inevitable la referencia al Imperio Romano, como prototipo de poder absoluto masculino/paterno. Se sabe que en esa época el padre podía azotar a los esclavos y a los hijos, sobre los que tenía derecho de vida y de muerte. Mientras tanto las mujeres tenían poco que decir porque incluso las obras de los pediatras estaban dirigidas a los padres y no a las madres.

También en la Alta Edad Media, por ejemplo en Alemania, el hombre era el jefe de la casa. Jefe con el poder y la responsabilidad de conservar la casa en orden, para lo que podía ejercer castigos corporales, vender a los hijos, o hacer lo que le pareciera oportuno dado que tenía derecho de vida y muerte. Nada podía limitar su autoridad, bendecida incluso por la Iglesia quien recordaba que su única obligación era asegurar pan y caldo a su prole.

Basten estas mínimas referencias para aludir a la construcción de narrativas que determinan nuestra cotidianidad sin tener ninguna relación con determinismos naturales ni biológicos. A este respecto cabe mencionar a Yuval Noah Harari quien recuerda que las leyendas, mitos, dioses y religiones aparecieron por primera vez con la revolución cognitiva, en el momento concreto en el que la Historia declaró su independencia de la biología (“De animales a dioses”, 2014).

En la evolución del ser humano, las narraciones históricas sustituyeron a las leyes biológicas, de tal manera que somos sujetos inmersos en relatos sin estar determinados por la biología. Los sistemas históricos (conjunto de valores, jerarquías, organizaciones sociales, roles familiares, etc.) pueden ser transmitidos como realidades cósmicas eternas y por lo tanto inevitables, naturales e inamovibles, aunque en realidad todo lo humano está atravesado de creencias imaginarias, mitos, leyendas y narrativas transgeneracionales.

El tema del maltrato de género no podría ser una excepción. Durante miles de años se ha estado transmitiendo que la diferencia de roles tenía su origen o bien en la Biología o bien en el mandato de alguna divinidad. La mujer debiera ser dócil, sensible y sumisa. El hombre fuerte, valiente y agresivo. Y ni unas ni otros podrían hacer nada para cambiar un destino prescrito.

Afortunadamente, las últimas décadas son testigos de la evolución de estas creencias sobre la masculinidad y la feminidad al menos en amplias capas de la sociedad. No obstante, las narrativas preexistentes no se van a evaporar de manera mágica y van a seguir existiendo y teniendo sus efectos.

Por ello, si se pretende combatir eficazmente la violencia contra las mujeres, uno de los ejes imprescindibles a considerar debiera ser el trabajo amplio, profundo y pormenorizado sobre el concepto de masculinidad.

Ser hombre no implica ser fuerte, seguro, o “animal”. No tiene nada que ver con ser insensible, cruel o inhumano. Y desde luego que no implica ser agresivo ni violento. Muy al contrario: es imposible que un hombre golpee a una mujer.

Creo que tanto hombres como mujeres debiéramos seguir trabajando juntos en estos cambios cognitivos que irán implicando cambios históricos, construyendo nuevas narrativas sobre lo que significa ser hombre y mujer. Sólo creando otros textos imaginarios se irá erradicando este tipo de violencia.

Luis Manuel Estalayo. Psicólogo Clínico

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2 pensamientos en “MASCULINIDAD Y MALTRATO DE GÉNERO

  1. Gracias Luis por tu artículo.
    La cuestión ya viene de lejos, pues en nuestra tradición filosófica, ´próceres como Aristóteles ,ya señalaban que la mujer era patrimonio personal del hombre , legitimando así una relación de poder jerárquico entre sexos. Afirmaba también que el gobierno político es de los que son libres e iguales, por lo que a la mujer , al no tener esta condición de libre e igual, no se le daba voz en política. Si ni siquiera tienes voz, ¿ como se puede construir la identidad personal y colectiva?.

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