LAS PÍLDORAS DE LA FELICIDAD

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LAS PÍLDORAS DE LA FELICIDAD

Aldous Huxley publica su famosa novela “Un mundo feliz” en 1932. La novela anticipa una sociedad con un gran desarrollo en tecnología reproductiva, bebés probetas, contracepción universal artificial y sexo sin significado. En ese mundo imaginado por Huxley se provocan estados hipnóticos, de trance, desde el nacimiento, gracias a la administración de drogas y a altavoces ubicuos instalados en las cunas para adoctrinar. Es un cambio radical de la sociedad. Un mundo utópico donde la humanidad es desenfadada, saludable y muy avanzada tecnológicamente. Un mundo donde la guerra y la pobreza han sido erradicadas, y todos son permanentemente felices. La ironía es que todo ello se ha alcanzado tras eliminar otros “aspectos” de la humanidad: la familia, la diversidad cultural, el arte, la literatura, la religión y la filosofía, no tendrían cabida en esta sociedad.

En este “mundo feliz” para asegurar una felicidad continua y universal la sociedad debe ser manipulada, la libertad de elección y expresión se debe reducir y se ha de inhibir el ejercicio intelectual y la expresión emocional. Los ciudadanos son felices pero “sin alma” como dijera John el Salvaje, uno de los protagonistas de la novela.

En este mundo ficticio, el desarrollo de la ciencia se utilizaría para controlar los pensamientos y las acciones de la gente, al igual que las drogas que tendrían la misma finalidad.

Parece claro el paralelismo del texto imaginado por Huxley con el mito de la caverna de Platón, en donde la gente es feliz aunque esclava. También parece clara su influencia en la película The Matrix donde se vive en un mundo completamente irreal.

También creo que existen numerosos y sugerentes paralelismos con la sociedad capitalista actual y, en este sentido, es llamativa la capacidad predictiva de Huxley al igual que la de Orwel con su interesantísimo “1984” (publicado en 1949). Pero de todos los elementos que podrían considerarse a este respecto quiero referirme a la utilización actual de los psicofármacos.

En la sociedad actual se viene dando una creciente flexibilización de los criterios diagnósticos que permiten incluir cada vez a más personas como candidatas a tratamiento psiquiátrico. Se produce así un sobrediagnóstico y una sobremedicación de aspectos de la vida humana que formarían parte de la normalidad si no existiera tanta presión económica y publicitaria. En último término el sueño de las compañías farmacéuticas sería medicar cualquier aspecto de la experiencia humana; y no sólo los signos de algún supuesto trastorno sino medicar a un organismo totalmente sano para prevenir que le ocurra cualquier cosa, y a cualquier edad.

Sobre esta realidad alertan con acierto, objetividad y claridad los textos de Joanna Moncrieff (2013) y A. Ortiz Lobo (2013) haciendo planteamientos críticos de la psiquiatría y sus abusos.

También Peter C. Gotzsche (2014) alude a los peligros de consumir psicofármacos. Refiriéndose de manera específica a uno de los supuestos trastornos de moda, este autor comunica que una cuarta parte de los niños que asisten a campamentos de verano en Estados Unidos se medican para el Trastorno de déficit de Atención con o sin hiperactividad (TDAH), trastornos del estado de ánimo u otros problemas psiquiátricos.

Indica Gotzsche que los fármacos para el TDAH son muy peligrosos porque pueden causar los mismos episodios cardiovasculares que sufren los adictos a la cocaína e incluso pueden provocar la muerte a los niños. También estaría demostrado que causan trastornos bipolares en aproximadamente el 10% de los menores que los toman. De hecho, los casos de trastorno bipolar en los menores se han multiplicado por 35 en los últimos veinte años en Estados Unidos:

“Los psicofármacos no corrigen ningún desequilibrio químico. Al contrario, lo provocan. Es por eso que resulta tan difícil dejar de tomarlos. Si se toman durante más de unas semanas, estos fármacos crean la enfermedad que en principio tenían que combatir”(P.C.Gotzsche, 2014).

Este autor se refiere a los psiquiatras como camellos de unas drogas legalizadas que pueden causar problemas sexuales, riesgo de suicidio, conductas violentas, nerviosismo, ataques de pánico, insomnio, o agresividad, entre otras. Además de crear una dependencia que ya reconoció la OMS en 2003 cuando afirmó que tres tipos de antidepresivos (la fluoxetina, la paroxetina y la sertralina) se encontraban dentro de los medicamentos que generaban mayor dependencia.

Sin un planteamiento tan radical, el psicólogo C.J. López Castilla (2015) también alerta sobre el abuso del diagnóstico de TDAH analizando las falacias en las que se sostiene. Es un ejemplo paradigmático de cómo funciona la medicalización en salud mental: una definición del supuesto trastorno que permite englobar a cantidades enormes de personas, patologización de conductas sanas en contextos insalubres, biologización de las causas y estigmatización. Las mentiras que sostienen este diagnóstico en opinión de C.J. López Castilla son: 1. El TDAH como trastorno neurológico, cuyo método de diagnóstico es objetivo y realizado por profesionales. 2. La intervención se dirige a disminuir el sufrimiento del menor y 3. El tratamiento farmacológico es el más correcto.

Sin embargo, no existe ninguna prueba que defina un déficit neurológico que avale la implementación de tratamientos psicofarmacológicos, y sí numerosas pruebas de la incidencia de variables psicológicas, sociales y educativas en la etiología de estas conductas. Por otro lado el diagnóstico se basa muchas veces en las observaciones que realizan padres y profesores y el tratamiento se dirige a calmar su ansiedad más que a analizar las verdaderas necesidades del menor. Respecto al tratamiento farmacológico, C.J. López Castilla señala que entre 1993 y 2003 el consumo mundial de medicación para el TDA se triplicó, y el gasto global se multiplicó por nueve (2.400 millones de dólares americanos en 2003). Esta realidad apunta más al poder de las empresas farmacéuticas y a la efectividad de las estrategias publicitarias que a la eficacia real de medicar un supuesto trastorno.

Afortunadamente la bibliografía al respecto es cada vez mayor, de manera que el consumo de psicofármacos pudiera limitarse estrictamente a lo necesario. No obstante la población sigue medicándose en exceso, con grave riesgo para su salud, creando ficciones de felicidad, haciendo las delicias de la industria farmacéutica, y siendo cómplice y efecto de un estado del bienestar cuyas contradicciones están en la base de los malestares que se medican y no se analizan.

Como Neo en la extraordinaria The Matrix, podemos optar por tomar la píldora roja o la azul. La roja nos llevará a la realidad, no siempre grata. La azul a un mundo feliz aunque irreal. Y, como aclara Morfeo, no habrá marcha atrás.

¿Cuál eliges?

 

Luis Manuel Estalayo. Psicólogo clínico.

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