LA CUESTIÓN PSICOSOMÁTICA (5)

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LA CUESTIÓN PSICOSOMÁTICA (5)

Luis Manuel Estalayo Martín. Psicólogo Clínico.

 La Cuestión psicosomática es el título del texto de Raul Couriel (1996) que basa en parte esta reflexión y cierra esta pequeña serie de entradas relativas al tema.

Ya Claude Lèvi-Strauss describió la incidencia de entidades cuya materialidad no es palpable sobre el organismo, con el término de “eficacia simbólica”. Dimensiones que afectan al funcionamiento orgánico más allá de lo que habitualmente atiende la fisiología. Algo así como una anatomía mítica.

Posteriormente el psicoanálisis describe esta eficacia simbólica, analizando cómo el deseo produce “cortocircuitos” en los funcionamientos biológicos, que resultan trasfigurados por la eficacia de su operación. Esta influencia dificulta la acomodación orgánica en un orden homeostático. Así, la real interferencia de los discursos (biografía “psicosocial”, tipo de apego,  construcción del narcisismo y de la sexualidad, etc.) sobre el funcionamiento orgánico biológico del ser humano impide concebir a este como una esfera separada del campo de los símbolos.

Es por ello que en el ser humano él mismo es fuente de trastornos y perturbaciones de su equilibrio biológico. En este sentido, para el psicoanálisis el sujeto no aparece únicamente como contrayendo enfermedades sino provocándolas.

Si la medicina clásica valora el cuerpo como fue concebido por Descartes, como una  máquina autómata, como mero organismo, el psicoanálisis surge y se constituye ocupándose precisamente del sujeto que la medicina deja de lado, ese donde el inconsciente y el deseo serán prioritarios.

En el ser humano, el comportamiento de un órgano es siempre objeto de representaciones, interpretaciones y reflexiones, de manera que la dimensión subjetiva debe estar necesariamente involucrada. Por ello, en la valoración y tratamiento de toda dolencia “física” será conveniente tener presente al deseo, porque tendrá relación con cualquier proceso de enfermar y sanar.

El camino de lo humano se aleja de esta manera de  la biología, como ya destacara Freud al describir la pérdida de las regulaciones biológicas instintivas frente a las representaciones mentales.

Uno podrá imaginar su cuerpo de muy distintas maneras pero en cualquier caso,  en ese registro subjetivo, será efecto de todas las cosas que se digan de él, y que se diga el propio sujeto. Estos “decires” remitirán a su vez a lo que hayan dicho y fantaseado los progenitores de dicho cuerpo. Enorme complejidad narrativa que irá construyendo todo un discurso mítico sobre el propio cuerpo como más o menos atractivo, potente, pleno, ideal, carente, limitado o lo que sea. En cualquier caso, será en esa subjetividad donde la polaridad sano-enfermo no dejará de representarse.

Es decir, nuestra representación del cuerpo incluye necesariamente rasgos diferenciales que no proceden sólo de la realidad orgánica, sino que incluye registros imaginarios y simbólicos.

En este sentido, para acercarse al sentido de lo psicosomático debiera privilegiarse la lectura del síntoma como algo que no cesa de escribirse en lo real. Pero se trataría de una escritura en el cuerpo que demanda ser descifrada como si fuera un jeroglífico.

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