TECNOLOGÍA E INFANCIA

 

TECNOLOGÍA E INFANCIA

 

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Foto extraída de consumer.es

 

Luis Manuel Estalayo Martín. Psicólogo Clínico

Observo cotidianamente que cada vez más padres deciden que  sus hijos se vinculen con las nuevas tecnologías con extrema rapidez. Niños de 2/3 años sentados en sus cómodas sillitas de paseo, viendo distintos videos o jugando con sus tabletas. Probablemente sea buena la intención de estos padres, aunque nunca se sabe….

¿Qué influencia puede tener esta temprana inmersión en este tipo de tecnologías?

Si hacemos una rápida aproximación al cerebro infantil, podemos observar la amígdala cerebral dentro del sistema límbico, que procesa y almacena las reacciones emocionales y los recuerdos presimbólicos, no conscientes. Este conjunto de neuronas, en tanto que puerta sensorial, es importantísimo en numerosas dificultades emocionales, y ya está desarrollada al nacer.

Frente a ella, el hipocampo, también ubicado en el primitivo  sistema límbico,  analiza y modula la reacción impulsiva de la amígdala, siendo capaz de inhibir sus  reacciones. El hipocampo se asocia también con la memoria, sobre todo a la memoria a largo plazo y a la espacial.

Pero lo interesante es que el hipocampo no está desarrollado, como la amígdala, en el nacimiento, y se va configurando  a partir del segundo o tercer año de vida. En su constitución son trascendentes las relaciones y experiencias que tenga el infante.

Por citar un ejemplo, el apego seguro, una de los aspectos más relevantes para el futuro saludable de los niños, necesita el desarrollo adecuado del hipocampo, y este desarrollo va a ser diferente en cada sujeto dependiendo de las experiencias vitales que tenga.

¿Qué necesita un niño de uno, dos  o tres años para su crecimiento? ¿Qué entorno facilita un adecuado desarrollo cerebral, emocional y relacional? Fundamentalmente relaciones afectivas con sus progenitores o cuidadores. Relaciones continuas que transmitan apoyo y seguridad. Padres y madres que escuchen con verdadera atención, que propongan y disfruten con juegos compartidos. Los niños necesitan jugar y experimentar con su cuerpo y entorno, necesitan tocar, cantar o bailar. Necesitan relacionarse con otros niños. Y en todo este camino se irá desplegando la capacidad de pensar, fantasear e imaginar.

Pero también, y esto es importantísimo, se tendría que ir aprendiendo a frustrarse, a experimentar que no todo es posible ni se consigue inmediatamente sin ningún esfuerzo. Los padres o cuidadores tendrían que ir enseñando la necesidad de la demora. Ir adquiriendo una atención tranquila.

Frente a estas necesidades, lo que ofrece la tecnología (videojuegos, internet) son estímulos llamativos y muy rápidos. Estímulos que priorizan  la percepción visual, en un contexto de pasividad corporal y desencuentro con espacios de construcción interna, donde todo viene de fuera, del exterior y obliga a una atención rápida y dispersa.

Pero el ritmo de la vida “real“ es otro, como el de cualquier aprendizaje relevante, y puede resultar aburrido comparado con una pantalla de vértigo, sonido y color. ¿No se estará limitando con ello la capacidad para sumergirse con emoción en un libro y fantasear con su texto? ¿No se estarán eclipsando juegos infantiles con amigos o adultos de extraordinario placer y potencial para el aprendizaje? ¿No se estarán dificultando las bases neurológicas y relacionales para atender y disfrutar de una conversación? ¿No se estará obstaculizando que la infancia pueda disfrutar con tranquilidad y pasión de una obra de teatro, una película o cualquier otra expresión artística que no se dé en la red?

Creo que la inmersión precoz en este tipo de tecnología puede producir un déficit relacional con el entorno y un aislamiento narcisista que en nada benefician el crecimiento infantil. Muy al contrario, crean las bases para posteriores dificultades atencionales, de aprendizaje, emocionales y de relación.

En el bus veo a una mujer que da trocitos de fruta a un niño sentado en una sillita mientras ve videos de otros niños. El niño no mira a su cuidadora ni a la comida. Tan solo abre la boca como un autómata cuando el tenedor llega a su visión periférica. La mujer, con expresión facial de cansancio extremo, es una expendedora fría de alimento. Relación de  zombis aparentemente sin emoción ni afecto.

Obviamente, los niños no necesitan eso para su crecimiento ni es beneficioso para ellos en ningún sentido. En todo caso puede ser tranquilizador para unos padres que tampoco sabrían cómo manejar sus propias frustraciones, sus espacios vacíos ni su pensamiento.

¿Quizá sean estos padres los que luego se quejarán de que sus hijos sean hiperactivos?

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