RESILIENCIA

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Imagen extraída del canal youtube del Comité español de ACNUR

 

RESILIENCIA

“En mitad del invierno, finalmente aprendí que había en mí un verano invencible”. Albert Camus

Recientemente la RAE ha definido la resiliencia como la “capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o estado o situación adversa. Ante esta definición el autor Jorge Barudy señala: “Desde mi propia experiencia, puedo testimoniar, no sólo del dolor y trastornos provocados por los traumas, sino de la capacidad y la valentía de las víctimas para resistir, y hacer lo imposible para que estas experiencias no determinen sus vidas.”
La resiliencia implica dos componentes: resistencia frente a las adversidades (capacidad para mantenerse entero cuando se es sometido a grandes exigencias y presiones) y capacidad para sortear dificultades, aprender de las derrotas, salir fortalecido, transformando los aspectos negativos en nuevas oportunidades y ventajas.
El término proviene del latín, “resilio”, es decir, volver atrás, dar un salto o rebotar. El concepto comenzó a emplearse en la física. Es la capacidad de la que está dotado un material para resistir un impacto y volver a su forma original. Este fenómeno físico sirvió de metáfora para el ser humano, que puede recibir el impacto de un trauma, no destruirse y seguir adelante. Los primeros estudios desde las ciencias sociales sobre resiliencia, se centraron en personas con experiencias de situaciones límites: campos de concentración, niños con situaciones de maltrato, violencia y mujeres maltratadas. Aquellos que resistían y seguían adelante eran los llamados resilientes.
Los psiquiatras Boris Cyrulnik y Jorge Barudy, son pioneros en el estudio y desarrollo del término.
El primero defiende la idea de que el mecanismo que protege a las personas frente a las adversidades de la vida se forja en los primeros años de vida gracias a la interacción que se establece con su cuidador, especialmente con la madre, que le provee de la seguridad afectiva necesaria para crear un apego seguro. Esta relación es la base para la construcción de resiliencia, aun cuando una base insegura se puede corregir con buenas experiencias futuras.
Pilares de la resiliencia son: la autoestima consistente, independencia, capacidad de relacionarse, sentido del humor, moralidad, creatividad, iniciativa y capacidad de pensamiento crítico. Con algo de todo esto, más el soporte de otros humanos que otorgan un apoyo indispensable, la posibilidad de resiliencia se asegura y el sujeto continúa su vida. Para Cyrulnik una infancia infeliz no tiene por qué determinar una vida. Este autor manifiesta que no existe resiliencia si no se metamorfosea el dolor y se le dota de significado. La resiliencia ayuda a vencer prejuicios de cierto determinismo biológico y social, el apoyo y la respuesta a personas y colectivos en situaciones traumáticas determinarán la superación del sufrimiento y el trauma. Podríamos decir que la resiliencia hace que “ninguna herida sea un destino”.
Para ambos autores la clave de la resiliencia reside en los afectos, en la solidaridad, y éstos en el contacto humano, encontrar entornos interpersonales y sociales que les ayuden a conocer el valor terapéutico de la solidaridad y el amor. Ser reconocidos como afectados por experiencias injustas y degradantes, es fundamental para que cualquier persona herida por una vivencia traumática recupere la confianza en sí misma y en la condición humana. Encontrar figuras, ya sea personal o profesional, que transmitan seguridad afectiva es fundamental para ayudar a construir resiliencia. Los traumas se pueden trabajar y se pueden superar.
Asimismo, reflexionan sobre el riesgo que existe en el momento actual de que el concepto de resiliencia se desvirtúe, al ponerse de moda, otorgando al término el significado de que uno puede curarse de todo, o que resiliencia significa invulnerabilidad. Y apropiándose del concepto y las capacidades resilientes en algunos contextos políticos, empresariales o publicitarios, en defensa del “tú puedes”, para minimizar daños y justificar situaciones injustas.
Los contextos interpersonales que favorecen la resiliencia son afectuosos, generan la solidaridad empática y facilitan la conciencia de ser afectados por injusticias, vengan de la naturaleza (catástrofes naturales), de la opresión, de la violencia política, de género, de los malos tratos infantiles, etc. lo que permite empoderarse para salir adelante.
En este sentido, finalizo con una reflexión sobre el contexto político- social actual, en palabras de Jorge Barudy “es poco probable que se desarrolle resiliencia en los miles de refugiados que se encuentran en las puertas de Europa. Si la resiliencia individual, familiar o social es hija del amor y la solidaridad, no se puede desarrollar en estas personas que se encuentran afectadas por la indiferencia, el rechazo y el poder de los gobernantes.
Nos queda la esperanza de que algunas chispas de este fenómeno se produzcan por la acción solidaria de la sociedad civil, que aporta esperanza para que algunos de los afectados puedan resiliar estas dramáticas circunstancias.”

María José Izquierdo Villaverde.- Trabajadora social.

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