X: Xenofobia

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Imagen tomada de http://www.corape.org.ce.

X: Xenofobia

Hay gente que sigue prefiriendo el arcoíris de un solo color, el piano sin semitonos, el mundo con un solo idioma y con una sola religión, y los dados con una sola cara.
Eduardo GALEANO

En palabras de la filósofa Adela Cortina, «en los años setenta del siglo pasado creíamos haber ingresado en la senda del progreso social y político, quedaban atrás los conflictos bélicos, propiciados por ideologías enfrentadas, por la desigualdad en oportunidades y riqueza, y se abría un camino de cambios a mejor. Hoy sin embargo es necesario tomar conciencia de que las semillas del retroceso pueden estar puestas y es necesario frenar su crecimiento destructivo. Una de las semillas destructivas, como en tiempo de Hitler y Stalin, es el triunfo del discurso del odio, la patología del odio», como lo define la autora.

Se entiende por discurso del odio cualquier forma de expresión cuya finalidad consiste en propagar, incitar, promover o justificar el odio, el desprecio o la aversión hacia determinados grupos sociales, desde una posición de intolerancia. Quien recurre a este tipo de discursos pretende estigmatizar a determinados grupos para ser tratados con hostilidad, disuelve a las personas en el colectivo al que se agrede y lanza un mensaje destructivo.

Entre estas fobias sociales se incluyen la xenofobia, el racismo, el antisemitismo, la misoginia, la homofobia, la aversión a miembros de determinadas confesiones religiosas o la aporofobia, es decir, el rechazo al pobre. En todas ellas las emociones que se expresan en esos discursos son la aversión, el desprecio y el rechazo.

Centrándonos en la xenofobia, la palabra proviene del griego xénos, «extraño, de fuera», y fobos, «miedo»; por tanto, se podría definir como el miedo irracional a los extraños o personas extranjeras. Una de las formas más comunes de xenofobia es la que se ejerce en función de la raza, esto es, el racismo. La xenofobia, el miedo al diferente, es un prejuicio arraigado en el individuo y en la sociedad. Dirigido al individuo, al colectivo o a ambos, se manifiesta en su forma más leve con la indiferencia, la falta de empatía hacia el extranjero, llegando a la agresión física y al asesinato. Psicológicamente, se explica como un miedo arcaico, inconsciente, a perder la identidad propia, combinado con el temor a arruinar el estatus económico, social y político de una comunidad.

En general, los grupos más desfavorecidos se convierten en el enemigo imaginario y contra ellos van dirigidas principalmente las iras xenófobas. El discurso xenófobo se centra en la actualidad en la inmigración. Proclama la superioridad de la cultura propia y pone como excusa a su rechazo la falta de respuesta a sus pretensiones de que los inmigrantes asimilen esa cultura renunciando a la suya propia que consideran inferior.

La creciente aparición de actitudes racistas y xenófobas en Europa y en otros lugares del mundo es en estos momentos un hecho lamentable y grave. Probablemente, nunca dejó de existir una minoría xenófoba; pero lo que está ocurriendo en el momento actual es que esa minoría crece, abandona el secreto vergonzante, se manifiesta públicamente, protagoniza actos violentos e, incluso, justifica su peculiar visión del mundo en el marco legal de partidos políticos. Como expresa Mario Rísquez, de Economistas sin fronteras, «la parálisis institucional en la resolución de la crisis actual y esas enormes brechas de desigualdad, que nos retrotraen al escenario de la Europa de comienzos del siglo XX, generan el caldo de cultivo idóneo para que las determinadas fuerzas políticas capitalicen el descontento, la indignación y la angustia social a través de discursos xenófobos y racistas, exaltando el sentimiento nacional y abogando por la defensa de lo que denominan “intereses generales de la nación”. Estos relatos desvían y confunden las causas de los problemas que afectan a amplias capas sociales. El exacerbado aumento de la desigualdad no es sólo consecuencia de la crisis, también es una de sus principales causas. Y es por este motivo que la salida de la crisis, o al menos una salida de la misma, pasa necesariamente por una redistribución de la renta y la riqueza».

La globalización, en su dimensión economicista neoliberal, ha ido progresivamente deteriorando, por la enorme carga que supone, el Estado social o de bienestar, generando cada vez más incertidumbre e inseguridad. Las condiciones de precariedad económica afectan especialmente a uno de los colectivos más vulnerables: los inmigrantes económicos como estereotipo negativo de extranjeros.

Desde un punto de vista histórico y económico, la sociedad europea no puede dejar de tener presente, por un lado, los efectos de la colonización sobre los países de origen de los inmigrantes; y, por otro, como se señalaba anteriormente, las consecuencias que la expansión del sistema económico capitalista está provocando alrededor del mundo (desarraigo, pobreza, migraciones…). La política migratoria debe fundamentarse, en última instancia, en razones de moral (de Justicia) antes que en razones éticas. Como escribe J. Habermas, «la Justicia entendida de modo universalista exige que uno responda por un extraño que ha formado su identidad en contextos vitales completamente distintos y se entienda a sí mismo a la luz de tradiciones que no son las propias».

Conviene reflexionar, además, sobre otros aspectos de nuestra sociedad actual, descrita por los pensadores Bauman y Lipovestsky como «sociedad de la hipermodernidad y organizada sobre cuatro polos: hipercapitalismo, hipertecnología, hiperinvidivualismo e hiperconsumo. Dominada por la impersonal y capitalizada cultura tecnológica y de consumo de masas, la solidaridad tiene pocas posibilidades de brotar y echar raíces. Las relaciones destacan sobre todo por su fragilidad y superficialidad. Bajo este nuevo orden global, van desapareciendo la sociabilidad y la solidaridad, valores e ideales que definen el humanismo moderno».

Por tanto, a modo de conclusión, en palabras de Adela Cortina, «se trata de defender los derechos de quienes son socialmente más vulnerables y por eso se encuentran a merced de los socialmente más poderosos». Y, como expresa Z. Bauman, «el aprendizaje de vivir con la diferencia, este tipo de aprendizaje de convivencia intercultural puede convertirse en global a partir de lo local, pues el objetivo no puede ser otro que el deber de dotar de humanidad a la comunidad de los hombres».

María José Izquierdo. Trabajadora Social.

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