Y: Yo

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Y: Yo

Todo ser humano tiene la experiencia de que le falta algo para estar totalmente bien, de que le habitan numerosas incoherencias, de que a veces siente una cosa, piensa otra y hace una tercera, manteniendo la impresión de que nunca puede llegar a estar satisfecho. Experiencias que aluden a que el ser humano es un ser fragmentado, dividido, escindido, cualquier cosa menos homogéneo, coherente o «unitario» en sus múltiples semblantes y motivaciones.

En la tradición psicoanalítica se aborda esta realidad describiendo conceptos que intentan explicar y analizar esta diversidad. Así por ejemplo Sigmund Freud describe inicialmente una parte inconsciente y otra consciente en todo ser humano, o posteriormente especifica una segunda tópica constituida por un yo, un ello y un superyó.

De una manera rápida puede considerarse al ello como instancia regida por el principio de placer, que vendría a representar nuestros impulsos y deseos más elementales y primitivos, la tendencia apresurada a cubrir necesidades y deseos sin tener muy en cuenta las consecuencias.

Por contraste, el superyó representaría los pensamientos morales y éticos adquiridos y aprendidos en la Cultura e incluiría la conciencia moral, la capacidad de autoevaluación, la crítica y el reproche. Sería el producto de la internalización de las normas y valores transmitidos por los padres a través de la educación.

Por su parte el yo tendría una función reguladora entre el ello, el superyó y la realidad, o sea que se encargaría de mediar entre el ello y el superyó, evaluando los impulsos de la persona para constatar si su satisfacción entraría en contradicción, o no,  con sus valores morales. En este sentido, el yo sustituiría el principio de placer por el principio de la realidad, imponiendo al sujeto renuncias y sacrificios acordes con la misma.

Para ejercer esta función el yo tendría capacidad para el pensamiento, la memoria y para la evaluación y comprensión de la realidad, percibiendo y discriminando los estímulos externos e internos y decidiendo cuáles y cómo satisfacerlos. De la eficacia de esta instancia en el dominio de las actividades del sujeto dependería en buena medida su salud psíquica.

Pero más allá de estas consideraciones que, por otro lado, forman parte de cierta cultura popular, hasta el punto de que pueden haberse divulgado y vulgarizado en exceso, me interesa la consideración del yo como espejismo que teorizara Lacan de manera muy interesante, aludiendo a otro tipo de fragmentación intrínseca del ser humano. El yo como espejismo es representado directamente por el sujeto enfrente de un espejo, contento de verse tan completo y atractivo, sin que nada parezca faltar en esa imagen. Pero nada más darse la vuelta, nada más reencontrarse con su realidad más allá de un reflejo imaginario, la incompletud volverá a golpear en cada latido del corazón, desvelando el engaño del espejo. En este sentido el yo sería una instancia «tramposa», al proponerse al sujeto como modelo de una realidad completa que ni existe ni puede existir en el ser humano.

Lo que permanece después del engaño, esa sensación de carencia, de malestar o de sufrimiento, cuando se da en una sociedad capitalista, intentará clausurarse con numerosos objetos de consumo. Objetos que vendrían a intentar recrear esa imagen de completud, de que nada falta. Cuando estos objetos tampoco consigan acallar el malestar y éste se intensifique, la industria farmacéutica suministrará otros objetos de consumo que tratarán de clausurar cualquier pregunta sobre las causas del malestar. O bien, distintas psicoterapias o prácticas afines se propondrán como medios para tratar de ajustar al sujeto a un anhelado bienestar que de alguna manera le permita recuperar y mantener esa imagen especular de yo ideal. Prácticas degradadas de terapias diversas, incluidas en un higienismo contemporáneo publicitado hasta la saciedad, que desubjetivizan al sujeto porque parten de un supuesto saber sobre lo que necesitaría hacer, pensar o sentir para vivir mejor, casi sin necesidad de escucharle.  Ideal de salud programada y homogénea para todos con independencia de toda singularidad.

Desde la perspectiva de una psicoterapia psicoanalítica no se trataría de taponar ningún malestar porque ello equivaldría a silenciar alguno de los aspectos más genuinos del ser humano. Muy al contrario, se trataría de escucharlo en su singularidad,  analizando cada malestar subjetivo en el entramado único de motivaciones que pueden crearlo y sostenerlo, buscando sus vinculaciones tanto con una biografía particular como con un contexto sociopolítico donde se desarrolla, y construyendo narrativas y maneras alternativas de vivir más satisfactorias y creativas.

Luis Manuel Estalayo Martín. Psicólogo clínico

www.estalayopsicologo.com

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