La Ilíada

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La Ilíada

Luis Manuel Estalayo Martín – Psicólogo clínico
www.estalayopsicologo.com

Escuché la Ilíada por primera vez con ocho años de edad, gracias a un extraordinario profesor que cada miércoles nos leía fragmentos que disparaban mi imaginación. Recuerdo la atención y la pasión con la que escuchábamos esos relatos heroicos y pienso si no serán los textos artísticos una adecuada alternativa a la medicación infantil en la inventada «hiperactividad». Aquella Ilíada de mi infancia fue el origen de mi pasión posterior por el mundo «clásico», incluyendo el arte y los relatos míticos.

Posteriormente, ya en edad universitaria, volví a leer el texto homérico, llamándome la atención su fuerza expresiva y su belleza. En aquel momento extraje del texto un fragmento que dirige Apolo a Diomedes en el canto V:

            Reflexiona, Tidida, y retrocede,

            y a los dioses no quieras

            igual considerarte,

            porque no será nunca igual la raza

            de los dioses que muerte no padecen

            y de los hombres que andan por la tierra.

Estimulado por este fragmento, y sin recordar por qué lo seleccioné del resto, acabo de releer la Ilíada, y compruebo que alguno de sus mensajes me viene acompañando en buena medida toda mi vida.

En mi opinión, uno de los mensajes prioritarios de la Ilíada alude al hombre como ser desdichado, aunque capaz de ser «héroe» enfrentado a lo real e inexorable. El hombre aparece en el texto como un ser débil, efímero, sometido a poderes superiores, a «divinidades», pero capaz de alcanzar renombre gracias al valor, al sufrimiento y a las renuncias.

Héctor le dice a su mujer, Andrómaca, en uno de los más bellos pasajes de todo el poema (canto VI), lo siguiente:

            (…) pues digo que ningún varón existe

            que su propio destino haya esquivado,

            lo mismo da cobarde que valiente,

            desde el primer momento de su vida.

En ese momento, ambos saben ya de la muerte cercana; pero también saben y asumen que es inevitable y que Héctor afrontará su destino con heroísmo.

Una vez muerto Héctor, en otro de los pasajes más hermosos del texto, en el canto XXIV, se alude directamente a la compasión, a la piedad y al heroísmo como virtudes esencialmente humanas. Príamo solicita a Aquiles que le entregue el cadáver de su hijo: (…) porque yo soporté lo que hasta ahora / ningún otro mortal sobre la tierra: / a mis labios llevarme yo la mano / del varón asesino de mi hijo.

Y Aquiles, conmovido por la súplica del padre, le entrega el cuerpo y un texto que le pone en igualdad con Héctor:

            (…) nada resulta del helado llanto,

            que así hilaron los dioses el destino

            propio de los mortales infelices:

            es su hado vivir acongojados;

            ellos mismos, en cambio,

            libres de cuitas y pesares.

El destino del ser humano es necesariamente sombrío. Pero es posible afrontarlo con una actitud heroica que priorice los valores humanos frente a la decadencia y la miseria de lo real: la compasión, la piedad, el amor o la solidaridad.

Pero, para que se dé este tipo de «heroísmo» como actitud vital, será preciso que se base y asocie con una ética que no siempre está garantizada. Si la cultura actual no prioriza este tipo de valores, si incluso cuestiona o ridiculiza su valor o su existencia, imagino a Homero preguntándonos por el sentido del devenir humano en nuestra querida y perversa postmodernidad.

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Un comentario

  1. me ha encantado LuisMa tu recuerdo de la infancia conectado a la salud psíquica que se va perdiendo y alejando hacia la perversión
    Buen verano
    elena

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