Masculinidades

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Fuente: el autor.

Masculinidades

Luis Manuel Estalayo Martín – Psicólogo Clínico

www.estalayopsicologo.com

«Masculinidad» es uno de esos conceptos en los que la intuición pareciera tener una clara definición, pero que resulta muy complicada de formular cuando se intenta precisar. Tampoco la definición formal que podemos encontrar en un diccionario ayuda mucho. O para ser más preciso, el término sí queda definido en cuanto a la biología se refiere: Masculino es eso que desempeña el papel fecundante, el individuo que posee esa capacidad tanto en el reino animal como en el vegetal; pero en el ámbito de las relaciones humanas, la cosa no está nada clara: Se aplica a las cosas de los hombres para diferenciarlas de las propias de las mujeres… (Diccionario María Moliner).

La definición del término nunca ha estado suficientemente clara y su complejidad ya fue formulada por Robert W. Connell en 1995 (The Social Organization of Masculinity) de manera muy interesante. Y esta complejidad no ha parado de crecer en los últimos años, donde se aprecian distintos tipos de masculinidades.

El concepto solo existe en contraste con la feminidad. Y en este contraste encontramos términos que ya no tienen vigencia en amplios sectores de la sociedad. Términos con los que se ha venido definiendo eso de la masculinidad vinculándola, por ejemplo, a la violencia, a la dominación, a la conquista sexual o a la actividad. Cuando no a imágenes estereotipas que llegan a formar parte de cierto imaginario colectivo: ser un poco burdo en las maneras e incluso obsceno, moverse con cierta tosquedad, tocarse sus partes sin disimulo, descuidar la higiene personal, huir de la sensibilidad, o cosas así…. Elementos que pueden parecer remotos pero que aún se perciben en algunos varones y mujeres homosexuales que se identifican con ellos como signos de la anhelada virilidad.

Este camino de los signos estereotipados ya fue descrito por Shakespeare en su fascinante Lady Macbeth. Este extraordinario personaje tenía claro qué atributos eran los masculinos que ella necesitaba y deseaba. Detestaba y quería aniquilar cualquiera de sus atributos femeninos, nada en su cuerpo debía denotar su género. Lo que desea, esos valores masculinos necesarios para su guión son la robustez, la fortaleza, la capacidad de crueldad, la valentía, la ambición o el poder. (Vanesa Brasil realiza un brillante análisis de este personaje en la revista Trama y fondo, n.º 39, 2015).

En este universo simplista de estereotipos opuestos, la cuestión del género parecía sencilla, siempre y cuando se valorase a los hombres como seres completos y superiores a otros ejemplares inferiores de la especie, tales como mujeres, niños y homosexuales. No obstante, la necesaria y positiva evolución de estos valores demuestra que la definición de la masculinidad es necesariamente una construcción cultural, y que se va edificando de distintas formas en distintos momentos históricos.

En este sentido, Robert W. Connell (1995), después de describir distintos puntos de vista históricos que se han venido utilizando para acercarse conceptualmente al término, como, por ejemplo, pensar la masculinidad como una norma social para los hombres (norma a la que nadie llegaría salvo Bogart o Wayne), o bien considerar desde un punto de vista semiótico si la masculinidad no sería sino un lugar de autoridad simbólico enfrentado a lo femenino, ofrece una definición que me parece vigente: La masculinidad (…) es al mismo tiempo la posición en las relaciones de género, las prácticas por las cuales los hombres y mujeres se comprometen con esa posición de género, y los efectos de estas prácticas en la experiencia corporal, en la personalidad y en la cultura.

Es decir, la masculinidad como construcción más allá de la biología o de los estereotipos. El género como práctica social que se refiere a los cuerpos y a lo que los cuerpos hacen, precisamente en la medida en que la biología no determina lo social.

Esta construcción se puede estructurar como relación de poder si se considera que los hombres son ejemplares superiores, algo incluso a envidiar, como una especie de universo ario que desde su supuesta superioridad pudiera ejercer violencia sobre el resto de seres, incluido todo el planeta.

En mi opinión es este tipo de construcción ideológica patriarcal la que permite hablar de violencia de género en sentido estricto. Es decir, es cierto que el tratamiento periodístico y político que viene haciéndose de la violencia contra las mujeres obvia sistemáticamente otro tipo de violencias igualmente censurables, de entre las que quiero destacar la que se ejerce contra la infancia porque es en ese terreno donde se aprecia mayor asimetría entre el agresor y las posibilidades de defensa de la víctima. Pero el necesario análisis de esta asimetría informativa no puede evitar considerar que alguna de la violencia que se ejerce contra las mujeres tiene sustento ideológico en los valores de un patriarcado que la justifica y disculpa. Y ello asumiendo que para que un varón ejerza violencia contra una mujer deben existir aspectos individuales que le hagan recurrir a dicha violencia más allá de la ideología imperante: muy frecuentemente y de manera precisa, su impotencia como varón.

Pero si el agresor ejerce su violencia con la creencia de que es legítima para sostener una dominación, si no hay ningún cuestionamiento al respecto y se siente profundamente autorizado a ejercerla por una ideología que le otorga supremacía, podrá hablarse de violencia de género en sentido estricto. Y ello, quiero insistir en este aspecto, sin obviar la necesidad de analizar en cada caso concreto los conflictos narcisísticos, sexuales o perversos que estén en la mente de cada agresor.

Todos somos producto de una historia pero también la producimos, sin poder delegar nuestra responsabilidad. Las relaciones de género se van formando y trasformando lentamente en el tiempo, y de manera desigual en distintas personas, grupos sociales y países. El cambio debe ser global involucrando tanto a los estados como a las relaciones sociales, las familias y la personalidad. Pero creo que todos tenemos que asumir nuestro protagonismo en este escenario global. En mi opinión es urgente un cambio de modelo que priorice el reconocimiento y respeto de las diferencias y de todo el planeta.

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