Crianza natural

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Crianza natural

Luis Manuel Estalayo Martín – Psicólogo clínico
www.estalayopsicologo.com

Las pautas de relación entre padres e hijos no están estandarizadas ni mucho menos en los seres humanos; los instintos no aportan nada a este respecto. Por eso van cambiando según evolucionan las sociedades y los expertos van transmitiendo los hallazgos de nuevas investigaciones. También las modas tienen mucha influencia en este tema, más allá de que la ciencia apoye, o no, determinadas tendencias.

En los últimos años una de estas modas tiene que ver con la llamada crianza natural, o crianza con apego, en términos del pediatra William Sears. Son muy numerosos los artículos relativos a este tipo de crianza sin que en muchos de ellos quede clara la base científica que los avala.

Se trata de un tipo de crianza que incluye la lactancia a demanda, el colecho y el porteo.  Se postula que el bebé pueda mamar cuando lo demande, sin ningún otro criterio que pueda guiar su alimentación. Al mismo tiempo se debería mantener el colecho al menos mientras la lactancia  siga siendo a demanda. Simultáneamente, con prácticas mochilas o pañuelos de porteo el bebé podrá estar pegado a su madre también en cualquier paseo o actividad que realice. Y todo ello presuponiendo que esta práctica refuerza el vínculo afectivo y que calma la ansiedad del bebé, siendo beneficioso para su crecimiento.

Como aspecto positivo de estas prácticas se insiste en que se transmite cariño y seguridad al bebé, además de que disminuye la preocupación de sus padres por preparar otras fuentes de alimentación.

Quizá no se habla tanto de que esta tendencia implica también una total disponibilidad para alimentar al bebé, frente a cualquier otro compromiso social, lúdico o laboral, ni de si esa práctica respeta realmente las necesidades infantiles y las de sus cuidadores.

Las opiniones a este respecto no son coincidentes. La OMS recomienda la lactancia materna entre los 6 meses y un año, incluyendo progresivamente alimentación complementaria. Algún pediatra critica la moda de extender más allá de lo razonable la lactancia materna como única fuente de alimentación,  alertando incluso de que va atendiendo en su consulta a numerosos casos de niños desnutridos o con bajos percentiles, como consecuencia de la insistencia materna en alimentarles únicamente con su leche. Otros reivindican que lo más sano para el bebé es que pueda mamar hasta que lo desee, hasta que espontáneamente ya no demande el pecho. En esta línea de pensamiento algunos describen estudios de paleofisiología y antropología que demostrarían que entre 2.5 años y 7 años se produciría el destete espontaneo.

Conozco el caso de una mujer que duerme junto a sus tres hijos de 6, 4 y 1 año, y con su marido, estando sus pechos disponibles para alimentar a cualquiera de ellos cuando lo demanden. Según su discurso el pediatra la habría recomendado esta práctica hasta los 5/6 años de sus hijos. Dudo que el deseo de esta madre sea lo más saludable para sus hijos. Dudo del lugar del padre que asume ese modelo sin ningún cuestionamiento.

En algunos artículos también se esgrimen ciertos riesgos del colecho, aunque alguno de ellos raya en exceso la obviedad, como el riesgo de aplastar al bebé, el hecho de que pueda caerse de la cama, o de que pueda sofocarse por exceso de calor.

También se refieren otro tipo de inconvenientes que en mi opinión pueden empezar a tener mayor interés. Por ejemplo la incidencia que esta práctica puede tener para el descanso de los padres y para su intimidad, o la posible dependencia que pueda generarse.

En mi opinión en este tipo de crianza es muy llamativo el déficit de involucración del padre teniendo en cuenta la obviedad de que tener un hijo es compromiso de ambos y debieran implicarse según distintas necesidades de cada cual en cada momento evolutivito. Sería necesario reflexionar sobre los objetivos básicos de la crianza para analizar si los medios empleados en la misma tienden a conseguirlos, o no. Así por ejemplo, si los objetivos de una crianza suficientemente sana son la autonomía de todos los miembros del sistema familiar, con espacios de placer, descanso y libertad para todos, dudo que este tipo de relación «natural» sea la más adecuada.

Pero lo que quiero destacar en este momento no es tanto los ideales educativos que se puedan discutir, sino la frecuencia con que a este tipo de crianza se la llama «crianza con apego». Cuando se habla de crianza con apego hay que ser preciso en los términos que se utilizan porque el apego es una motivación muy compleja cuya meta es mantener la proximidad física y emocional en momentos de peligro y estrés y no un producto a conseguir tras asumir ciertas consignas o pautas conductuales. No es un mero contacto físico por más prolongado que este sea, ni tiene que ver con el porteo ni con impedir el llanto del bebe que en teoría sería tan perjudicial.

Esta tendencia de equiparar «crianza natural» con «apego» es totalmente falsa. Seguir este tipo de crianza no implica mayor ni mejor apego, ni las personas que opten por otro tipo de crianza verán necesariamente mermado el apego seguro con sus hijos. En este sentido, la llamada «crianza con apego» es una moda sin base científica que legitime sus argumentos.

La teoría del apego es un paradigma revolucionario para todas las personas implicadas en el campo de la salud y de las psicoterapias. La función básica del apego es la protección y el cuidado que necesita la cría humana como motor básico para su crecimiento, unido a otros sistemas motivacionales básicos. Son décadas de investigación que van dando lugar a desarrollos teóricos y clínicos muy interesantes y prácticos. (Las personas interesadas pueden consultar la obra de J. Bowlby, Winnicott, H. Bleichmar, M. Cortina o  M. Marrone, por citar unos pocos autores destacados).

Cada madre va a mantener distintas motivaciones conscientes e inconscientes para relacionarse con su hijo de una u otra manera. En ocasiones esta relación puede invertir los roles esperables de manera que se prioricen las necesidades de la madre de obtener afecto o de cubrir sus carencias. En estos casos la madre podrá portar a su hijo el tiempo que desee, o amamantarle y dormir con él hasta que él mismo vaya demandando alguna otra cosa, si lo hace. Pero no habrá ninguna evidencia científica de que la lactancia materna en sí misma, ni su prolongación en el tiempo correlacione con las auténticas necesidades del bebé, con un apego seguro ni con un crecimiento saludable.

Una buena crianza implica estar disponible para cuando el bebé necesite atención, cuidado o alimentación. Pero ello no implica de ninguna manera estar siempre pegada al bebé.

Por otro lado, ¿a qué se deberá esta moda de sobreexigencia a las madres con la complicidad de padres supuestamente bienintencionados? ¿Por qué recuperar una culpa que reedita mitos sobre un tipo de «maternidad esclava», paradójicos en una sociedad que por otro lado pretende la igualdad de derechos?

En mi opinión una maternidad suficientemente adecuada debe incluir la necesidad de establecer una separación del bebé. El parto supone un primer alejamiento en el que lo real viene a marcar que se acabó la unidad biológica. Pero posteriormente debieran darse nuevos «partos», nuevas y continuas separaciones reales y simbólicas, que permitan vivir con la autonomía suficiente que requiere la salud.

Quizá, en palabras de Fiorilli, habría que asumir cierto vacío:

Cuando un hijo duerme no ocurre el mundo ni el poema,
apenas sopla un aire primitivo,
d
e hospicio lejano,
de tren que se detiene en la lluvia.
No estamos preparados ni hechos para la calma,
para el llanto que espera silbando en sus rincones.
Habrá que admitir el vacío y la entrelinea,
la verdadera y única inclemencia de
que nada suceda;
si en realidad es cierto que los hijos duermen,
y que ya no ocurre el mundo,
ni el poema.

Sebastián Fiorilli

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