La obligación de ser feliz

Obligación de ser feliz
Obligación de ser feliz

La obligación de ser feliz

Luis Manuel Estalayo Martín – Psicólogo Clínico
www.estalayopsicologo.com

La ideología capitalista postula como ideal de felicidad la búsqueda de un placer constante y sin frenos a través de la posesión de distintos objetos de consumo. Es con este tipo de ideal que numerosas personas van a mantener deseos compulsivos de distintos objetos, construyendo sociedades individualistas y narcisistas.

Esta realidad nos permite pensar cuál es nuestro posicionamiento al respecto. Es posible asumir ese ideal como propio y vivir de acuerdo a ello. O es posible cuestionarlo analizando alternativas o, al menos, viendo las implicaciones y posibles complicidades de nuestras prácticas profesionales en este tipo de sociedades. En esta necesidad de partir de un diagnostico social en el que incluir la vida y la práctica profesional de cada cual, destaco en este momento sólo tres elementos:

1.º.- En términos generales creo que será una obviedad compartida que vivimos en un mundo con numerosos espacios de crueldad y violencia extrema, donde los escenarios bélicos no paran de reproducirse generando al mismo tiempo posibilidades de negocio para determinadas élites de poder. La geografía de la muerte es interminable: Auschwitz, Palestina, Irak, Siria, y un larguísimo etc.

2.º.- La filósofa Marina Garcés habla de analfabetismo ilustrado en su texto Nueva ilustración radical (2017). En este libro argumenta que actualmente tenemos mucho conocimiento a nuestra disposición pero que ello no nos ayudaría por sí mismo para frenar nuestra caída en el abismo que representa cierta ideología que postula la resignación a la realidad actual. Frente a esta tendencia al pesimismo del «no se puede hacer nada» frente al poder establecido, se trataría de conseguir un tiempo vivible, de recuperar la dignidad de lo humano. Decir un «no te creo» ante un discurso apocalíptico de una destrucción irreversible de nuestras condiciones de vida: «Cuidarnos es la nueva revolución». En este sentido, la principal tarea de un pensamiento crítico sería declararnos insumisos a la ideología póstuma. «Hoy tenemos pocas restricciones de acceso al conocimiento, pero sí muchos mecanismos de neutralización de la crítica. Entre muchos otros, podemos destacar cuatro: la saturación de la atención, la segmentación de públicos, la estandarización de los lenguajes y la hegemonía del solucionismo». En este contexto las Humanidades no pueden ser un conjunto de disciplinas en extinción sino un campo de batalla donde se solventa el sentido y la dignidad de la experiencia humana.

3.º.- De manera complementaria aunque más específica, Rudy Gnutti escribe El mundo sin trabajo (2017), donde destaca la palabra de Zygmunt Bauman cuando habla del desempleo con el término muy expresivo, casi siniestro, de «redundancia», en el sentido de que uno es superfluo, prescindible e inútil cuando está en situación de paro. Coincido a este respecto con Daniel Raventós en que habría que garantizar para todos el derecho a una existencia material, como inicio de cualquier libertad. En ese sentido, una renta básica universal sería un camino necesario, un camino para que las personas dejásemos de tener miedo a ser redundantes. El problema, como señala Rutger Bregman, es que ese tipo de cambio sólo sería posible si se introdujera simultanéame en todas partes, y no existe ninguna organización internacional capaz de hacerlo.

Es en este contexto sociopolítico, tan solo apuntado, donde ubico la necesidad de que las psicoterapias sepan en qué terreno de juego ideológico juegan: ¿Favorecen la libertad y capacidad de decisión de la persona atendida? ¿Tienen en cuenta los condicionantes sociales de los malestares individuales, familiares y grupales? ¿Apuntan al sentido y dignidad de cada experiencia humana? ¿Qué posicionamiento asumen respecto a la satisfacción y al goce? ¿Qué rol asume el profesional y en qué lugar sitúa a la persona que consulta respecto al conocimiento sobre uno mismo y el poder?

En el contexto de este tipo de preguntas quiero referirme a algunas prácticas que se engloban dentro de la llamada psicología positiva, aunque quizá no todas debieran denominarse así en sentido estricto. Destaco alguna crítica que comparto a este tipo de práctica dentro de las numerosas que vienen produciéndose en los últimos años. Son muy numerosos los autores que cuestionan las bases científicas de este tipo de pensamiento, destacando que se trata de forzar cierta felicidad artificial con una simultánea evitación obsesiva de las emociones llamadas negativas. Un marketing del mundo emocional que puede generar sujetos despóticos en su hedonismo.

Lydia Morales escribe El lado oscuro de la psicología positiva en Nido de Águilas (marzo 2016), donde alude a cientos de mensajes de psicología positiva aplicados a liderazgo, productividad y crecimiento personal que, en su opinión, hasta no hace mucho tiempo podrían incluso asociarse a lo pueril y risible. Para ser feliz bastaría con evitar tener expectativas muy elevadas, no querer más de lo que se tiene, o no esperar de los demás que te hagan feliz. Este tipo de mensajes que inundan las redes sociales olvidan sistemáticamente temas sociales y crisis esperables en cualquier proceso de crecimiento; situaciones como estar en paro, atravesar procesos de duelo, padecer enfermedades o envejecer no tendrían mayor relevancia porque lo exterior no tendría nada que ver con la felicidad.

Este tipo de discursos vienen teniendo un importante protagonismo social en redes sociales, librerías, o en departamentos de Recursos Humanos de muchas empresas. Coaches de la vida, líderes de opinión y gurús de cualquier procedencia escriben y dicen que hay que ser positivos y afrontar la vida sin negatividades para conseguir todo lo que uno quiera. Frases más o menos bonitas, teóricamente complejas, fundidas en hermosos paisajes que transmiten una concepción individualista de la felicidad, en relación a un capitalismo postmoderno que postula como filosofía el triunfo personal sobre los animales más débiles. Si alguien no es capaz de triunfar será culpable por no saberlo hacer, por ser débil. En cualquier situación de crisis no se trataría de analizar las bases políticas que destruyen horizontes vitales sino de ser el animal más fuerte.

En ámbitos empresariales también cada trabajador será responsable de su éxito o fracaso, de trabajar más, con más flexibilidad y proactividad, de colaborar en mayor medida con la misión y valores de la empresa. Es obvio que en estos contextos laborales no está de moda hablar de justicia social, de luchas legales y laborales o de derechos obtenidos tras décadas de lucha.

En algunos lugares también está de de moda el Mindfulness, vulgarización occidental de la meditación, como herramienta para enfatizar el mismo tipo de mensajes «positivos»: «sonríe, reinvéntate, te mereces ser feliz, puedes empezar de nuevo cada día, sé la mejor versión de ti mismo, cree en ti» o cosas por el estilo.

La Dra. María Prieto Ursúa habla de la psicología positiva como moda polémica (Rev. Infocop, 05/2007), asegurando que no es un nuevo paradigma como se pretende. Se trataría más bien de un conjunto de prácticas que mezclan conceptos psicológicos con métodos de autoayuda o filosofía espirituales y que siempre parecen saber cuáles son las emociones positivas, cuando en realidad sacar a las emociones de contexto y llamarlas positivas o negativas lleva a perder información sobre el valor de cada emoción en cada situación. Por otro lado, también es cuestionable pensar que siempre debemos tender a emociones positivas; sería un tipo de tiranía, que implicaría la tendencia a ver como patológico sentirse mal. También es conflictivo el concepto de felicidad como objetivo genérico sin considerar las diferencias en distintas culturas. ¿Debe considerarse la felicidad como logro personal o como armonía social?

En esta misma línea de análisis se sitúa Carlos Sanz Andrea (Blog de ISEP, 02/2018) cuando critica que la psicología positiva transmite valores individualistas y divide artificialmente sentimiento y emociones positivas y negativas, sin tener en cuenta los contextos ni el hecho de que algunas emociones aparentemente negativas pueden ser positivas o necesarias. Manuales de autoayuda, trainers del buen vivir y oradores motivacionales se irán posicionando como corriente casi religiosa que anima a negar la realidad.

Desde una óptica psicoanalítica, M. Cristina Oleaga, La felicidad universal trastorna», revista El psicoanalítico.com, febrero de 2018) contextualiza el tema dentro de la cultura del «todo es posible» que cuestiona al padre como operador simbólico, y el surgimiento de patologías no reguladas por la represión ni por la castración: patologías del acto, de la hiperexpresividad y de la violencia. Cultura en la que al mismo tiempo, con el tremendo auge de las tecnologías, se da un déficit significativo de pensamiento crítico y capacidad de elaboración de los conflictos por el lenguaje, de manera que se abre el camino a la posverdad y a sectas que pretenden enseñarnos cómo vivir, o cómo respirar.

Por contraste, también existen numerosos autores que defienden la psicología positiva como ciencia. Por citar un ejemplo significativo que sintetiza este punto de vista puede señalarse el interesante artículo de Marisa Salanova Soria: «En defensa de la psicología positiva» (Rev. Materia, 16-09-2014).

En este texto alude a que existen cientos de artículos e investigaciones que transmiten un pensamiento riguroso y científico sobre el bienestar. Defiende la idea de que los profesionales de la psicología positiva son los máximos interesados en diferenciarse de otras modas que tienden a englobarse bajo la misma designación creando mucha confusión. La psicología positiva no propone ningún estilo de vida, ni pretende atenuar artificialmente el descontento social o las críticas a nuestra sociedad; tampoco predica la felicidad como una religión. Convendría en este sentido diferenciar a psicólogos que pretenden realizar su trabajo con rigor y máxima profesionalidad, de oportunistas, coaches sin ninguna titulación, gurús, y expertos en publicar frases de autoayuda.

En mi opinión es básico considerar que toda praxis psicoterapéutica se incluye en un contexto social determinado e incluye una ideología.

La normalidad humana incluye siempre algún tipo de sufrimiento: el dolor de existir, la ambivalencia de los múltiples diálogos internos, los conflictos relacionales, los duelos, la angustia, las dificultades socioeconómicas y un largo etcétera. Sentimientos y emociones necesarios que no habría que domesticar bajo el pretexto de que sean algún tipo de irregularidad o trastorno.

Pretender ser feliz a toda costa puede producir un efecto paradójico de depresión porque ante cualquier dificultad uno puede sentirse culpable por no ser feliz. No es cierto que un problema sea siempre una oportunidad. Perder un ser querido, romper con una pareja a la que se ama, perder un trabajo, emigrar de manera forzada, etc. son experiencias que desgarran el alma. La elaboración de las mismas no puede taponarse con frasecillas ingeniosas fundidas en imágenes de bellos atardeceres: «Siempre puedes elegir sonreír a la vida…»; «Si te caes siempre puedes levantarte y renovarte», «La vida te traerá algo nuevo si te abres, solo depende de ti…».

En el capitalismo pleno se empuja a la gente a mantener la idea de ser feliz, y de que la felicidad siempre podrá obtenerse en un centro comercial. El resultado será siempre la insatisfacción y en ocasiones cierto sentimiento de malestar o culpa por no conseguirlo. Ninguna psicoterapia debiera implicarse en este contexto como otro objeto de consumo que tapone ni domestique sentimientos. Muy al contrario, el espacio psicoterapéutico debe permitir la expresión y elaboración de cualquier afecto, en relación a la historia que lo produce (biopsicosocial) dentro de una historia particular (valores, relaciones de parentesco, condiciones de vida…). Es en esta expresión y exploración donde cada persona podrá ir construyendo espacios de mayor conciencia, dignidad y libertad.

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