Apego

Santiago Lemur Studio©_41

José Manuel Pérez-Íñigo Llaguno

El apego es un concepto que se repite a menudo y se emplea para referirse a un abanico amplio de conductas y sentimientos. Sin embargo, como suele ocurrir cuando se sobre-utiliza un término, ha acabado por tener una definición muy difusa.

Para poder definir el apego hay que volver a los orígenes del término que se remonta a la Segunda Guerra Mundial. Cuando acabó el conflicto miles de huérfanos mostraron conductas desafiantes y en el seno de la Organización de las Naciones Unidas se inició una investigación. En base a esta investigación el psicólogo John Bowlby escribió un artículo llamado “Privación materna”  que empleaba por primera vez en el ámbito académico el término apego para referirse a las dinámicas psicológicas y afectivas entre dos personas. En base a este artículo el término apego paso a definirse como una vinculación afectiva estable, duradera, singular y específica entre al menos dos individuos. El objetivo de esta vinculación es proporcionar seguridad, proximidad y protección, por ello los niños dependen profundamente de él para tener un desarrollo psicológico saludable. Desarrollando su investigación, Bowlby publicó en 1958 un estudio llamado “Apego, Separación y Pérdida” en el que exploraba aún más el apego en niños. En ella identificó que los recién nacidos construyen relaciones de apego con sus padres o cuidadores de forma instintiva para poder tener seguridad en su desarrollo físico, social y emocional. El apego puede manifestarse conductualmente cuando un niño se aproxima o llama la atención de su padre o cuidador y estos comportamientos serán más complejos en función de la edad:

  • 8 semanas: Sonrisas, balbuceos, lloros y sonrisas para atraer atención.
  • 2 a 6 meses: El niño ya es totalmente capaz de diferenciar entre el cuidador y desconocidos e intenta realizar acercamientos físicos
  • 6 meses a 2 años: El apego está totalmente desarrollado y se aprenden estrategias para mantener la proximidad, protestar cuando el cuidador se aleja, agarrarse a él, etc.

El apego se convierte en un factor muy relevante cuando el niño aprende andar, en ese momento el mundo se convierte en un lugar que puede ser explorado de una forma parcialmente independiente. Sin embargo, en la exploración del niño del entorno que le rodea es normal que ocurran circunstancias en las cuales tenga miedo o se haga daño, en ese momento el niño acude a conductas de apego para llamar la atención del cuidador o llegar hasta él y de esta forma recuperan su seguridad para seguir explorando. Un experimento sobre el apego realizado por Mary Ainsworth en 1954 demostró la importancia de un apego saludable, en él niños de poco más de un año eran expuestos a pequeños periodos en los que debían estar sin su cuidador o con un desconocido. Las conductas que se evaluaron fueron como reaccionaban los niños a esta situación y se extrajeron 3 categorías:

  1. Apego seguro: El bebé explora la habitación, es capaz de jugar con desconocidos en presencia del cuidador pero se preocupa cuando su madre abandona la habitación.
  2. Apego resistente: Apenas exploran la habitación, están incómodos con extraños, se preocupan mucho cuando la madre se va y reaccionan de manera ambivalente con su madre cuando vuelve, se alegran, pero al mismo tiempo se muestran molestos.
  3. Apego evasivo: Muestran poco malestar al quedarse solos e incluso se alejan de su madre cuando vuelve:
  4. Apego desorganizado: El niño muestra una mezcla entre apego resistente y evasivo, en ocasiones se muestra confuso, responde de manera exagerada hacia la figura de apego, en ocasiones para acercarse y en otras para huir.

El desarrollo de un apego u otro dependerá del estilo del cuidador en la gestión de la sensación de seguridad de su hijo. Cuando los niños exploran y se asustan recurren a sus padres para sentirse seguros, al hacerlo se reconfortan y vuelven a explorar. De esta manera desarrollan un apego seguro puesto que saben que si les pasa algo pueden recurrir a su cuidador y que no hay razón para tener miedo. Por otro lado, si un cuidador sobreprotege a su hijo, impidiéndole explorar o equivocarse desarrollará un apego resistente puesto que sentirá que el mundo es algo amenazante y temerá desarrollarse fuera del umbral de seguridad que ofrece el cuidador. El apego evasivo se desarrolla si el niño aprende que el cuidador es una amenaza o si no se siente reconfortado cuando recurre a su fuente de apego, cuando ocurre esto desarrolla estrategias para protegerse a sí mismo como ignorar y rechazar al cuidador. Por último, el apego desorganizado ocurre cuando el cuidador ofrece respuestas ambivalentes al niño cuando recurre a él para reconfortarse, como en ocasiones es ignorado y en otras sobreprotegido es incapaz de generar una estrategia consistente y por lo tanto adopta conductas contradictorias.

Evidentemente, desarrollar un apego seguro es una clave para el crecimiento de un adulto sano puesto que le permite adoptar una actitud equilibrada respecto al mundo que le rodea, sin aislarse ni volverse dependiente. Sin embargo, en muchos casos la forma adecuada de gestionar el apego de un niño puede ser complicado. Para acabar se muestran unas directrices que todo cuidador puede adoptar para favorecer la creación de un apego seguro.

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