VEJEZ Y SOLEDAD


VEJEZ Y SOLEDAD

“Estoy sólo y no hay nadie en el espejo”

J. Luis Borges

Las proyecciones demográficas indican el progresivo aumento del envejecimiento de la población con consecuencias que implican un desafío a las Políticas Sociales. Uno de estos desafíos es el aumento de personas mayores que viven solas. La soledad es uno de los mayores retos a los que se enfrenta el mundo del envejecimiento.

Los cambios radicales que en los últimos tiempos se han venido produciendo en la estructura familiar, con el debilitamiento del vínculo conyugal tradicional y la aparición de nuevas formas de familia, han incrementado el número de personas que viven solas, que como se viene indicando, está suponiendo un incremento notable sobre el conjunto de la población.

Como señala Manuel Cruz: “La conquista de espacios de libertad dentro de la institución familiar ha tenido como correlato inexcusable la aparición de lo que pudiéramos llamar `bolsas de soledad´”. Esta situación parece haber sacado a la superficie un problema que antes, cuando el peso de la tradición presionaba a los individuos a vivir juntos, quedaba semioculto. En nuestra sociedad los individuos no parecen estar preparados para permanecer solos.

Según datos del INE en España cuatro de cada 10 hogares unipersonales están habitados por alguien de más de 65 años, la mayoría (71,9%) mujeres. En 2033, habrán crecido en un 25%, según las últimas proyecciones.

En los estudios al efecto se presentan crisis asociadas al envejecimiento: la crisis de identidad, de autonomía y de pertenencia. La primera viene dada especialmente por el conjunto de pérdidas que se van experimentando de manera acumulativa, que pueden deteriorar la propia autoestima. La segunda viene dada por el deterioro físico que limita la autonomía de las actividades básicas de la vida cotidiana. La de pertenencia que es la que se experimenta por la pérdida de roles y de grupos a los que la vida profesional y las capacidades físicas y de otras índoles permitían aportar al tejido social.

La toma de conciencia de esta triple crisis, que tiene lugar en el proceso de envejecimiento, puede permitirnos hacernos cargo de la envergadura de la experiencia de la soledad, que a veces puede ser vivida como una “muerte social”.

Vivir solo, no significa sentirse solo. A veces la soledad es una elección, incluso enriquecedora, y hay mayores que desean vivir solos, lo cual puede ser indicador de éxito, independencia y bienestar. Así mismo muchas personas pueden experimentar satisfacción ante periodos de soledad, para otras, la soledad es un sentimiento doloroso. Y el riesgo aumenta con la edad, pero los mayores lo acusan más.

Las estadísticas varían, desde un 59% (CIS- IMSERSO) a un 35% (Encuesta Social Europea) lamentan la soledad.

La soledad no deseada afecta a la salud y a la calidad de vida de las personas mayores. Suele dar lugar a sentimientos de hostilidad, resentimiento, tristeza y ansiedad, lo que a su vez reactiva mecanismos que pueden dañar la cognición, la emoción, el comportamiento y la salud de la persona mayor, llegando a incrementar las probabilidades de dependencia y mortalidad. Percibir aislamiento tiene graves consecuencias, psíquicas y físicas que incluye depresión, riesgo cardiovascular, deterioro cognitivo y muerte prematura.

La soledad en los mayores es una de esas situaciones de vulnerabilidad, marginación, y posible exclusión que viven numerosas personas que difícilmente pueden solicitar ayuda o exigir la satisfacción de sus necesidades debido a la fragilidad en la que se encuentran.

En los últimos tiempos vienen apareciendo en los medios noticias de personas mayores que mueren solas, que según los datos estadísticos está en aumento de manera importante. Situaciones en las que la soledad deriva en el aislamiento, el abandono y la muerte en soledad.

En países como Reino Unido, la preocupación del gobierno ha llegado a tal punto que han creado un Ministerio de la Soledad, que pretende solucionar un problema que va en aumento y que genera un importante gasto público, pues va aumentando el número de personas que viven solas y dependen de la atención del Estado. Las cifras en inversión en Dependencia se disparan. En Holanda la Política Social destina numerosos fondos para planes de detección de la soledad de los ancianos. En España, el Gobierno, a través del IMSERSO, planea actuar ante este desafío demográfico del envejecimiento y abordar urgentemente la soledad en los mayores, según fuentes del Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social.

Es fundamental establecer Políticas sociales de prevención y apoyo a las situaciones de dependencia y planes de actuación con fomento de la integración y participación social, aprendizaje de gestión de la soledad con recursos y habilidades para prevenir el aislamiento de la persona mayor, e incrementar las redes de apoyo social. Actuaciones institucionales, que tengan también en cuenta el tejido social, en el conocimiento, prevención, sensibilización y apoyo ante situaciones de soledad no deseada en personas mayores, es clave para disminuir sus consecuencias negativas.

En cualquier caso, es importante considerar el problema humano de fondo. Por encima de las cifras económicas la soledad tiene una dimensión humanista que debería importar más que aquellas, y hacernos reflexionar en relación con la ética y los valores de nuestra sociedad actual.

María José Izquierdo Villaverde

Trabajadora Social

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