La ansiedad en la sociedad moderna. ¿Por y para qué?

mujer multitarea, librederechos

La ansiedad en la sociedad moderna ¿Por y para qué?

 

 Beatriz Dorotea García Fernández-Quintanilla, Psicóloga clínica.

“Ya descansaremos cuando estemos muertos”,  “no puedo con la vida”,  “perdona no tengo tiempo”, son justificaciones que por desgracia en el siglo XXI cobran tanto sentido como salud. Nos encontramos en un momento histórico en el cual, a pesar de la gran evolución cultural y desarrollos tecnológicos que tenemos para facilitarnos la vida, la realidad nos advierte del siguiente hallazgo: vivimos con más acceso a oportunidades, pero no más felices.

A menudo observo en mi vida personal y profesional como cada vez la gente dice sentirse más desbordada en su día a día, pero ¿por qué?, ¿qué es exactamente la ansiedad y por qué es un factor que está aumentando en la actualidad?

Aunque la ansiedad es ampliamente reconocida existe poco acuerdo en su definición, no obstante, explicaremos este fenómeno por sus características principales en las que cobran gran presencia los síntomas psíquicos, caracterizada por la sensación de preocupación constante, intensa e incontrolable y una sensación de miedo y peligro inminente en la que las amenazas superan los propios recursos percibidos por el individuo.

Aunque su característica nuclear es la preocupación, este nivel de alerta también se traduce en síntomas conductuales y físicos como: inquietud constante, fácil fatigabilidad, dificultad para concentrarse y/o relajarse, irritabilidad, tensión muscular o problemas de sueño, entre otros.

Es importante discriminar que mientras el estrés cumple una función adaptativa de protección lucha/huida ante un peligro y pone en funcionamiento nuestros máximos recursos disponibles para alcanzar el mejor rendimiento, si el estrés se cronifica puede generarse ansiedad, los mecanismos psíquicos y neurológicos se saturan, el sistema inmunológico pierde eficacia y aumenta el riesgo de generar una enfermedad física y/o psicológica.

En la actualidad es el trastorno más común de las enfermedades mentales y el más presente en nuestras sociedades modernas. Un exhaustivo análisis global de los estudios de ansiedad publicado en 2006 en el Canadian Journal Psychiatry establecía que una de cada seis personas padecerá en todo el mundo un trastorno de ansiedad durante al menos un año en el trascurso de su vida.

Este hecho tiene gran relación con la sociedad en la que vivimos. Antiguamente, a pesar de tener mayores dificultades, existía menos ansiedad. ¿Y por qué surge ahora si antes se tenía la vida más difícil? El estrés crónico es sello característico de nuestra época, antiguamente no había acceso a tantísimas posibilidades de elección. Seguramente tus abuelos siguieron el oficio familiar con unos roles muy definidos que cumplir, y un estilo de vida bastante predeterminado con menos expectativas de acceder a un estatus social superior. Quizás su percepción del futuro era menos estimulante pero también menos incierta y estresante.

Actualmente se entiende que cada nueva generación tiene más posibilidades por lo que debería (que daño hace esta palabra en la ansiedad) ser mejor que la anterior, existiendo una competencia más exigente, llegando a alcanzar techos inasequibles y provocando sensación de agobio e insatisfacción constante.

Igualmente pasa con las sociedades más desarrolladas en las que la sobre exigencia por el éxito y reconocimiento social es norma. Un estudio de 2002 de la Organización mundial de la salud halló que los estadounidenses eran cuatro veces más propensos a parecer un trastorno de ansiedad que los mexicanos, es decir, los países en desarrollo a pesar de sus dificultades básicas refieren menores índices de ansiedad.

En este sentido cobra gran importancia la forma en que actualmente somos educados, con más facilidades. A menudo la ansiedad suele corresponderse con una falta de tolerancia a la incertidumbre y frustración, ya que siempre se desea más y se percibe que nada es suficiente, originando una sensación de vacío latente ya que la perfección es tan seductora como insaciable.

Los avances tecnológicos también tienen mucha relación en esto. Vivimos en la generación de la velocidad. Actualmente si un niño quiere encontrar cualquier información no tarda más de 5 segundos en clickear y obtenerla. Este refuerzo a cortísimo plazo y, casi siempre eficiente, facilita la vida y acorta esfuerzo. Pero, a largo plazo, nos convierte en “yonkies” de la recompensa fácil y rápida. Mientras la vida real tiene su propio sistema de gratificación, uno más exigente y retardado, provocando así una frustración con frecuente inhabilidad para saber controlarla por falta de entrenamiento. Sobre activa fisiológicamente, genera dificultades para tolerar la espera y centrarnos a disfrutar del presente.

La ciencia lo reafirma, “no se puede procesar en paralelo”, y actualmente vivimos tan sobre activos que provoca que quien mucho abarca, poco apriete. Al final no estamos concentrados en nada de forma constante, el cortisol se dispara activando una constante alerta y realizando, con menos gusto y beneficio, la tarea que tenemos delante.

Muchos jóvenes llevan un ritmo frenético que la sociedad valora como positivo, reforzando el no parar. Por así decirlo hemos pasado de generación “nini” a no saber descansar ni poner límites a nuestro bienestar, y cuando el comportamiento es el problema, no solo nos hace sufrir si no que nos impide resolver.

Leía en el exitoso libro de Marian Rojas Estapé (Cómo hacer que te pasen cosas buenas) sobre los domingos oscuros, este sentimiento que sucede especialmente en personas con vidas intensas, en las que los viernes y sábados se desbordan de planes y el domingo se percibe un bajón físico y anímico por no saber vivir en el descanso. Otra característica muy común de estas personas es saturarse de actividades o estimulación externa para evitar pensar en su mundo interior y sentir el consiguiente malestar anímico que les conlleva esto.

Concluyentemente podría decirse que la ansiedad se está convirtiendo en una gran epidemia del siglo XXI. Estamos inmersos en una continua aceleración vital que no permite pensar en cómo queremos vivir, procesar cómo estamos viviendo y cómo nos afecta a nuestro bienestar.

Por ello, es fundamental aprender a diferenciar lo urgente de lo importante y que, posiblemente la próxima vez que nos reconozcamos diciendo “no puedo con la vida”, paremos a reflexionar en el por qué y para qué, ya que dejar de sobrevivir para aprender a vivir es una elección personal en la que el querer es un poder tan esperanzador como potente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s