¿Infancia trans?

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¿Infancia trans?

 

Luis Manuel Estalayo Martín

Psicólogo Clínico

www.estalayopsicologo.com

Detrás de la cortina un cuerpo espera.

                                                (Caballero Bonald)

Es frecuente la reflexión sobre la importancia de la imagen en la sociedad actual. Las redes sociales y especialmente Instagram se nutren de imágenes de personas sonrientes en diversos espacios pretendiendo transmitir una imagen de felicidad plena. De la misma manera que cada vez con mayor frecuencia en cada espacio público se percibe a personas posando para sí mismas en un selfie que pareciera eterno. Múltiples imágenes donde lo más importante es la propia imagen con independencia del fondo, del contexto, e incluso de las personas con las que se esté. Todo con tal de ir creando un “yo ideal” que pueda ser admirado por un otro real o imaginado.

En realidad, este poder de la imagen no es un invento estrictamente actual si atendemos a la interesante reflexión de John Berger cuando ya en 1972 (“Modos de ver”) equiparaba la función de la fotografía y de la publicidad a la que anteriormente ocupara la pintura al oleo: otorgar cierta imagen a su poseedor al mostrar lo que ostentaba, aquello de lo que podía disfrutar: “(…) la publicidad ha comprendido la tradición de la pintura al óleo mucho mejor que la mayor parte de los historiadores del arte. Ha captado las implicaciones de la relación que existe entre la obra de arte y su espectador propietario, y con ellas procura persuadir y halagar al espectador comprador”.

Lo que viene ocurriendo en este siglo XXI es que el poder de la imagen se está desbordando en enormes proporciones y ya no se espera ni es necesario que nadie haga publicidad de uno mismo porque cada cual se encarga de crear su propio anuncio y actualizarlo a cada momento.

Lo que me interesa destacar en este momento es que en esa permanente construcción y exhibición de un “Yo ideal” pueden incluirse no solo cualquier tipo de actividad, relación, u objeto de consumo, sino que también puede abarcar a aspectos que se valoren y quieran exhibirse de los hijos. En este contexto, el término de Hugo Bleichmar de “objeto de la actividad narcisista” cobra relevancia.

En este sentido, recientemente me ha llamado la atención la valoración que hacen algunas personas de la sexualidad de sus hijos. En concreto, escucho discursos en los que progenitores de hijos muy pequeños, de entre 3-6 años, hablan de que no quieren condicionar la orientación sexual de sus hijos, e incluso, para intentar dar más énfasis a su supuesto “progresismo”, llegan a decir que están abiertos a la posibilidad de que puedan ser “trans”. Y, al decirlo, dejan traslucir cierto goce ante esta posibilidad, como si esto supusiera un signo de valor para ellos.

Como indican Ubieto, J.R. y Pérez Álvarez (“Niñ@s Hiper”, 2018), se detecta en la sociedad actual cierta pasión por etiquetar a la infancia, que incluye el auge creciente de asociaciones que hablan de niños transexuales reivindicando para ellos los mismos derechos que para los adultos. Comparto con estos autores la duda de si estas precoces etiquetas benefician algo a los menores: “Preguntarnos en qué nos ayuda, para su comprensión, fijar precozmente una nominación que puede acabar encorsetando al niño/a”.

También el activista Jack Halberstam (“Trans*”, 2018) alerta sobre la posibilidad de que los niños trans se conviertan en una especie de trofeo para sus progenitores, en un contexto social donde la sexualidad infantil puede ponerse de moda como forma de activismo parental: “Las nuevas formas de crianza entre padres y madres blancos y de clase media “diseñadores” han cambiado las coordenadas de pertenencia de modo que la criatura trans* que antes era vista como conflictiva ahora puede mostrarse como un trofeo, un indicador de la flexibilidad de la familia, un símbolo de las amplias fronteras de la familia liberal”.

La sexualidad es uno de los aspectos más complejos del ser humano. Aspecto que se va construyendo partiendo de un cuerpo especifico en un universo de deseos e identificaciones, dentro de un contexto social y familiar determinados. En este sentido, es un tema donde lo biopsicosocial y la complejidad inconsciente que incluye el deseo del otro, cobran todo su protagonismo.

Un proceso tan complejo precisa de un tiempo lógico de evolución y desarrollo, de espacios para el despliegue de fantasías y temores, de movimientos, búsquedas y ensayos unidos a la construcción de cierta identidad. Un tiempo que no habría que recorrer con premuras ni con caminos excesivamente marcados por el deseo de los progenitores.

O, como diría Federico García Lorca, tanta prisa, ¿para qué?:

¡Tanto vivir!

            ¿Para qué?

            El sendero es aburrido

            y no hay amor bastante.

            Tanta prisa.

            ¿Para qué?

            Para tomar la barca

            que va a ninguna parte.

           

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