¿Era Virgilio un buen coach?

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¿Era Virgilio un buen coach?

 

 Luis Manuel Estalayo Martín

Psicólogo Clínico

www.estalayopsicologo.com

Dante escribe su imprescindible Divina Comedia para descender hasta lo más profundo del Infierno e ir ascendiendo hacia el Purgatorio y el Paraíso. Para recorrer este complejo y largo recorrido Virgilio le sirve de guía. En los sucesivos círculos del Infierno encontrarán almas aisladas y hundidas en el fango, inmersas en un proceso de imparable degeneración y decadencia, al borde del acantilado. Imágenes de una sociedad corrupta, de progresiva desintegración de todo tipo de relaciones entre los seres humanos, hasta llegar a un pozo donde ya no puede existir la confianza y solo cabe esperar la caída al fondo del abismo. Todo es engaño y falsedad; la estupidez, la rabia y la vanidad sin sentido pueden campar a sus anchas.

Virgilio acompaña a Dante en este universo caótico, desordenado y lúgubre pasando progresivamente a grados superiores de perfeccionamiento.

Este tránsito recuerda a los ritos de paso que durante siglos pretendían marcar el tiempo de los humanos con algún sentido. Ritos que por otro lado han tenido fiel reflejo en algunos textos tradicionales que aún comunican sus huellas, como describen por ejemplo los clásicos análisis de Mircea Eliade (1991) o V. Propp (1974). Estos autores consideran a los cuentos maravillosos como escenarios donde se reencuentran pruebas iniciáticas, la muerte y la resurrección, conservando huellas de ritos y costumbres que han existido realmente. Desde una óptica psicoanalítica F. Doltó (1988) también consideraba que los escenarios que representan los cuentos aluden a la necesidad de morir a la infancia, asumiendo la castración simbólica que teoriza el psicoanálisis.

¿Qué queda de estos rituales en las sociedades de la posverdad? ¿Qué de la necesidad de un registro simbólico o de la sublimación? Puede ser que la creación de marcas y de su valor sea uno de los relatos ficticios más comunes en la actualidad. Océanos de noticias falsas que arropan a las marcas comerciales convenciéndonos a fuerza de tanta exposición de que ahí, en ese relato, está la verdad. Universos de relatos imaginarios que, a diferencia de los clásicos, no comunican sentido alguno para la construcción de la subjetividad.

El mismo “yo” es y ha sido siempre un relato ficticio y no puede ser de otra forma. La diferencia actual es que la creación de mitos sobre uno mismo ya no se da solo en la mente de cada cual, sino que se construye y exhibe en distintas redes sociales. Son numerosas las personas que se pasan horas en la creación de este yo imaginario, hasta el punto de poder confundirlo con su verdad.

Los rituales trataban de abarcar un saber, acotar cierto sentido simbólico. Las pruebas iniciáticas, los complejos caminos que debían atravesar los protagonistas, estaban vinculados a ese sentido. Todo un universo de aprendizaje profundo que transformaba a quien lo realizaba.

Pero si la imagen se inicia y agota en sí misma, si la marca es el signo de un universo meramente imaginario, el sentido estará comprometido.

En este contexto cabe preguntarse por alguno de los líderes que inundan la cotidianidad mediática. Guías que son nombrados con insistencia como coaches que pretenden comunicar que cualquiera puede ser un héroe si sigue dos o tres consejitos del personaje de moda adecuado. Cualquiera puede ser cantante, actor o bailarín, cualquiera puede aprender y transformarse si cambia su pelo o su vestuario o si aprende a sonreír con la intensidad adecuada. Y ¡voila! ¡Ya está! Sal al escenario a darlo todo, y a esperar el aplauso del público.

Parece que en estos escenarios iniciáticos de la posmodernidad no hace falta que Virgilio acompañe ningún tránsito. Porque el camino ya no es complejo ni hay que atravesar ningún infierno; ni siquiera requiere de un tiempo. Porque nada tiene por qué aprenderse realmente. Porque todo el cambio consistirá en cambiarse el peinado y en sonreír. Cambio estético, meramente imaginario, que dejará a todos los participantes en el mismo punto de partida.

Pero no es solo en el terreno del espectáculo donde se aprecia la invasión de coaches de moda. También en el terreno de la psicología se aprecia el riesgo de que distintos gurús iluminados, (no necesariamente psicólogos ni coaches realmente especializados) pretendan alumbrar el camino de sus semejantes con cursitos de fines de semana. Se venden cambios del alma en cómodos retiros espirituales, inmersos en rituales de sonrisas y abrazos de luz. Tampoco en estos casos habrá infierno ni purgatorio que atravesar para conseguir algún cambio. Todo consistirá en darse cuenta de que se es y se está permanentemente en el paraíso, en un inmenso mercado donde solo cabe gozar.

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