Exclusión social vinculada al hogar: ¿Sin alojamiento o sin hogar?

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Exclusión social vinculada al hogar: ¿Sin alojamiento o sin hogar?

 

José Manuel Pérez-Íñigo Llaguno

Psicólogo

La exclusión social puede definirse como la falta, sea por el motivo que sea, de la participación del individuo total o parcialmente en distintos aspectos de la sociedad. Sin embargo, esta definición queda escueta en comparación con la amplitud y complejidad del fenómeno que intenta ilustrar. La exclusión social alcanza su máximo exponente cuando limita o imposibilita la capacidad de un individuo de mantener un alojamiento adecuado, puesto que esta situación dificulta en gran medida una inclusión exitosa en la sociedad.

Al hablar de exclusión social vinculada al hogar es inevitable que pensemos en las personas que carecen de una vivienda y por lo tanto duermen en la calle, pero estas personas representan un porcentaje pequeño de las personas sin hogar. Debemos tener en cuenta que la exclusión social vinculada al hogar incluye también a las personas que, aunque no duermen en la calle, habitan en lugares que no reúnen unas condiciones mínimas para un desarrollo humano adecuado, (Cabrera y Rubio, 2008). Al apreciar esta sutileza deseo llamar la atención sobre miles de personas que, aunque poseen un dominio físico y legal, y por lo tanto un alojamiento, siguen sin poseer un hogar, puesto que no tienen un dominio personal del lugar donde viven.

Cuando me refiero a un dominio personal intento hacer referencia a la capacidad de las personas de controlar su alojamiento para mantener su privacidad, establecer relaciones satisfactorias y proyectar cierta seguridad. Así que podríamos decir que, aunque una persona que pase la noche en un albergue tiene alojamiento, no podemos decir que tiene hogar puesto que no puede preservar su intimidad, intimar con su pareja o fortalecer el apego con sus hijos.

De acuerdo a esta diferenciación entre alojamiento y hogar la Federación europea de asociaciones que trabajan con personas sin hogar han incluido acertadamente entre las personas sin hogar no solo aquellas que no cuentan con un alojamiento sino también aquellas que se ven obligados a usar servicios de acogida (como albergues o residencias) y también a las personas que viven en alojamientos precarios e inadecuados como pisos patera, chabolas o caravanas.

Carecer de un hogar no sólo profundiza la exclusión del individuo en la sociedad limitando su capacidad de relacionarse con los demás, también lo hace dificultando enormemente los recursos de los que la persona dispone para dirigir su desarrollo personal. Una persona sin hogar verá su higiene muy perjudicada incluso si puede contar con un alojamiento eventual, de alargarse en el tiempo, esto perjudica la salud física y dificulta que el individuo consiga trabajo y se relacione con los demás. La pérdida de una higiene básica, alimentación equilibrada, descanso de calidad y el empeoramiento de la salud física es tan sólo un primer efecto de la vida sin hogar, conforme la persona pasa más tiempo sin hogar aumentan las posibilidades de que aparezcan problemas de salud mental, consumo de sustancias y debilitamiento de la red social, (Perez-Lozao, 2013).

Cuando este tipo de factores se reúnen limitan la capacidad del individuo de dirigir su desarrollo personal ya que afectan a sus motivaciones más básicas. Esto significa que una persona sin hogar, que presente adicciones, una salud física deteriorada, mala alimentación y problemas de sueño difícilmente podría concentrarse en encontrar trabajo, construir una red social, dejar las drogas u obtener estudios.

Es fundamental que nuestra sociedad visibilice a las personas sin hogar, en todos sus matices, y aborde este problema creciente que atenta contra las necesidades más básicas de miles de personas. La primera barrera para la resolución de este problema es la dificultad de estas personas de llamar la atención de los medios y los recursos públicos fuera de las organizaciones de caridad. Pero, aunque este problema se visibilice, sigue existiendo una actitud que culpa y castiga la pobreza, una actitud que perpetúa la exclusión social y cuya única respuesta posible es la solidaridad.

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