El adversario

El hombre y el monstruo
Imagen promocional de la película “El hombre y el monstruo” (1931). / Paramount Pictures

El adversario

 

Luis Manuel Estalayo Martín

Psicólogo clínico-Psicoanalista

http://www.estalayopsicologo.com

 

Es frecuente la realización de pruebas periciales en la práctica de numerosos juicios. La figura del perito puede definirse como “la persona que posee conocimientos especializados sobre alguna materia, al cual se acude en busca de dictamen cuando para apreciar los hechos o algún hecho de influencia en el proceso sean necesarios o convenientes sus conocimientos científicos, artísticos o prácticos” (Serrano Gil, A. y Fuertes Rocañin (2010): Introducción a la medicina legal).

La prueba pericial se rige por los principios de legalidad, de independencia, de cualificación, de objetividad y moralidad.

En el ámbito específico de la psicología forense, la finalidad de cada evaluación quedará delimitada por la petición específica que se haga desde la administración de justicia. Pero siempre se tratará de describir, clasificar, predecir u orientar. En relación al derecho penal una función básica de los psicólogos forenses es “el diagnóstico y evaluación de personas implicadas en procesos penales. Esta pericia puede ayudar a los jueces y Tribunales, para aclarar y determinar las circunstancias que puedan modificar la responsabilidad criminal, daño moral, secuelas psíquicas, etc.” (García Rodríguez, B., 2010, Psicología Forense, vol.1)

Todo ello dando apariencia de seguridad aclarativa, en tanto que en las pruebas periciales se trata de explicar la conducta del agresor.

Es entendible esta intención de categorizar lo criminal y todo un logro evolutivo en términos sociológicos que puede colaborar a mejorar la justicia. Estas pruebas periciales, sobre todo en el ámbito de la psicología y de la psiquiatría, tranquilizan al “yo”, en tanto que ofrecen explicaciones razonables de actos crueles o monstruosos. El “yo”, esa parte del ser humano que tiende a cerrar los círculos del pensamiento dando explicaciones racionales a todo lo que suceda, suele incomodarse mucho con la incertidumbre, la espera y los puntos suspensivos…

Ese “yo”, aliado de todo un hemisferio cerebral, quiere enfrentarse a la vida con apariencia de seguridad. Como si no pudieran existir nada más que certezas, como si todo en el ser humano pudiera limitarse a la lógica y a la razón. Por más terrible que sea la conducta de un sujeto, siempre podrá tranquilizar poder pensar en alguna explicación de su aberración. “Ha violado a su hija pero es que su infancia fue terrible…”. “Ha golpeado a su mujer hasta la muerte pero es que fue maltratado por sus padres…”. “Esta persona tiene un trastorno de personalidad que explica lo que ha hecho…”.

Frente a estos intentos de apaciguar la angustia del yo, otras narrativas plantean escenarios menos tranquilizadores. De todos ellos quiero destacar como ejemplo el texto de Emmanuel Carrère (El adversario, 2000), relato “inquietante”, que narra una crueldad sin causa aparente. La escritura de Carrère tiende a naturalizar lo monstruoso, como si fuera algo que pudiera ocurrir de repente y sin ninguna explicación clara que lo justificara.

“El adversario” parte de un hecho real: un hombre que mata a su mujer, a sus hijos y a sus padres. Será el propio asesino quien contará el relato con absoluta naturalidad y frialdad, cautivando al autor que escribirá el texto con similar tibieza e insensibilidad.

El texto de Carrère parece aludir a un inconsciente radical, ese “adversario” desconocido, doble satánico y sorprendente que todos podemos albergar en algún lugar. Ese adversario convive con el personaje que creamos para ser y vivir, con la apariencia que otros creen ver, con un semblante que tranquiliza al creer que se es así.

La narración de Carrère conecta con claridad con A sangre fría de Capote, sobre todo en alguno de los sentimientos que el autor puede sentir hacia su personaje. Pero en Capote se pueden seguir las huellas del crimen hasta alguna explicación más o menos tranquilizadora para el lector. En este sentido sería un texto compatible con los discursos periciales a los que se aludía anteriormente.

El tema del doble también recuerda al conocido planteamiento de Stevenson, pero Carrère parte de un hecho real, mientras que el Dr. Jekyll es un clásico de la ficción. Lo mismo pudiera decirse de Dorian Gray.

Las personas que nos dedicamos a la psicoterapia psicoanalítica estamos acostumbrados a convivir con estos sueños de dobles y pesadillas, y compartimos el deseo de entender lo que hay detrás de las apariencias. Pero la pasión del yo por pretender entender con excesiva rapidez cerrando tanto el pensamiento como la angustia, no es buena consejera para una aproximación a la verdad de cada cual. Muy al contrario, dejar en paréntesis a este personaje de la razón, o intentarlo, es un camino más certero si queremos aproximarnos a nuestro adversario.

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