Una ansiedad constante

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Fuente: http://www.as.com.

Una ansiedad constante

Luis Manuel Estalayo Martín – Psicólogo clínico. Psicoanalista
www.estalayopsicologo.com

Beatriz García Fernández-Quintanilla escribe en este mismo blog una amplia e interesante reflexión sobre «La ansiedad en la sociedad moderna» (Marzo/2019) argumentando que se trata de una verdadera epidemia vinculada a los valores que imperan en la sociedad actual.

En este momento queremos insistir en este tema debido a las numerosas demandas que seguimos recibiendo al respecto, para llamar la atención sobre dos aspectos interrelacionados y que con frecuencia focalizan las dudas de numerosas personas: 1. ¿Qué tipo de signos o síntomas puede hacer pensar que se tiene ansiedad?; y 2. ¿Qué tipo de psicoterapia puede ser más eficaz?

Respecto a los síntomas, además de la sensación constante de preocupación y alerta, la impresión de que algo malo va a ocurrir, o también la impresión de pérdida de control, de que uno va a volverse loco, quiero destacar en este momento la implicación del cuerpo, como una constante en todas las situaciones donde la ansiedad desborda. Algunas personas sienten dificultades para respirar (disnea), otras refieren palpitaciones de distinta frecuencia e intensidad, o bien sensación de ahogo o vértigo; con mucha frecuencia se siente tensión muscular, cansancio generalizado, o bien hormigueo en extremidades.

Simultáneamente la angustia que genera este tipo de sensaciones hace que las personas intenten numerosas estrategias para calmarla previas o simultaneas a solicitar ayudad terapéutica. Estas estrategias son tan variadas como ineficaces en tanto que lo único que consiguen es intensificar el problema. Generalmente este tipo de intentos fallidos de soluciones tiene que ver con un “exceso”: comida, bebida, trabajo, deporte, juego, drogas, etc. Cualquier ingesta o actividad acelerada u obsesiva que no permita pensar en otras cosas…

Pero la angustia irrumpe por sorpresa, y no se podrá evitar su emergencia por más que uno pretenda correr y seguir corriendo, jugando al escondite, sin querer saber nada de ella. En ese momento de angustia, faltan palabras que ayuden a entender qué está pasando, lo que genera más ansiedad, puesto que en el proceso cada vez se estará más convencido de que algo grave está ocurriendo o va a ocurrir de manera inevitable e inmediata.

En este contexto es importante enfatizar la referencia a la palabra cuerpo en lugar de hablar de organismo. Y ello porque mientras que el organismo alude a una anatomía, el cuerpo incorpora el lenguaje a eso biológico real. Es decir, que lo que ocurre en el cuerpo de un sujeto no se debe solo a lo que suceda en ese plano biológico, sino que se vincula radicalmente con la biografía de cada cual, con las palabras que nos habitan.

Es por ello que la psicoterapia tendrá que tener en cuenta esta característica del síntoma si pretende ser respetuosa con el sujeto. Si la ansiedad fuera algo meramente orgánico, se podría plantear que la solución sencilla sería tomar determinados medicamentos. Pero los ansiolíticos, además de reducir la actividad neurológica del sujeto, no aportan nada a la comprensión de su subjetividad. Si el síntoma se relaciona con el lenguaje, habrá que conversar con él y no amordazarle, tal y como plantea, por ejemplo, F. Martín Adúriz (2018) en su interesante texto «La ansiedad que no cesa».

En este sentido, la psicoterapia no debe plantear acallar ningún síntoma de manera apresurada sin ni siquiera haberse preguntado qué sentido tiene en la experiencia vital de cada sujeto lo que le está pasando. No se trata de tomar pastillas, ni de aprender a respirar o seguir precisas pautas de conducta. Se tratará de hablar y precisar en cada caso concreto la relación de la ansiedad con el sujeto como tal, con su biografía, con sus relaciones personales y laborales, con su realidad.

La ansiedad no debiera atenderse precisamente con ansiedad, es decir con rapidez, con presión a una eficacia inmediata. Sería este un abordaje paradójico, que tendría lugar si el propio encuadre psicoterapéutico incorpora los valores sociales de inmediatez y de actuación y aceleración constantes que correlacionan precisamente con la ansiedad que se pretende abordar.

Con esta rapidez uno no puede llegar a saber por ejemplo si la ansiedad que siente tiene algo que ver con los modelos parentales que le sirvieron como modelos de identificación. Quizá más específicamente con la madre, tal y como propone Fernando Martín Adúriz (2018) en el texto señalado anteriormente: «Las transmisiones en el interior de los grupos familiares, especialmente los rasgos identificatorios que circulan invisibles entre madre e hijo (…)».

Con respuestas rápidas tampoco se podrá averiguar si la ansiedad se vincula con las autoexigencias que uno asume a nivel consciente e inconsciente originadas tanto por las expectativas de los demás (padre, madre, otros personajes significativos) como por un discurso social neoliberal, que no permite demora alguna.

La ansiedad disminuirá o cesará cuando en el proceso psicoterapéutico se avance en la elaboración de este tipo de cuestiones, en el análisis y no en el taponamiento de la subjetividad, en la reflexión sobre la relación con el deseo.

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