La importancia de motivar razones vs razonar motivos

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Fuente: http://www.psicologia-online.com.

La importancia de MOTIVAR RAZONES VS RAZONAR MOTIVOS

Una propuesta conductual para generar motivación en estados anímicos depresivos

Beatriz García Fdez.-Quintanilla – psicóloga general sanitaria

¿Tu vida está centrada en aquello que es más significativo para ti?

Te invito a reflexionar si alguna vez te ha pasado esta o alguna situación similar: tienes un día un poco chof y habías quedado más tarde a hacer una actividad que te apetecía o era importante pero, como anímicamente no te encuentras como querrías, decides anularlo y quedarte en casa. ¿Te sueles sentir mejor al final del día? o, por el contrario, ¿muchas veces acabas más decaído? Ahora pensemos la misma situación, pero eligiendo hacer dicho plan, a pesar de tu estado de ánimo inicial y planteemos las mismas preguntas que con el ejemplo anterior.

En la mayoría de casos se habrá dado la circunstancia de que, aunque a corto plazo ir al plan resultaba desagradable, finalmente llegaba a ser una elección positiva, ya que mejoraba el estado de ánimo y daba un sentimiento de coherencia con las cosas importantes para la persona. Mientras que en el caso que se evitaba suele pasar lo contrario, en el momento que se rechaza se siente un profundo alivio, pero al final del día el malestar se mantiene o incluso se amplifica.

Pero, ¿por qué pasa esto? y ¿qué consecuencias tiene realizar acciones en torno a un plan y no a un estado de ánimo?; en otras palabras: ¿cuáles son los beneficios de motivar razones en vez de razonar motivos?

A menudo, viene mucha gente a terapia explicando cómo, a consecuencia de estar triste, desmotivado o con ansiedad, ha ido dejando de hacer cosas que antes hacía o le gustaban. Desde un punto lógico, a corto plazo tiene mucho sentido, ya que la percepción que se tiene de uno mismo está alejada de la que le gustaría tener y, por ello, para evitar sufrir o sentir consecuencias negativas de rechazo o frustración, se acaban abandonando rutinas que antes se consideraban positivas.

Como todo, en esta vida no es bueno ni malo de vez en cuando eludir alguna cita pendiente. El problema viene cuando esto se convierte en tendencia. Ya que la evitación genera un gran alivio a corto plazo, pero mantiene, incluso empeora, los sentimientos negativos a la larga (siendo esta una característica muy común en los trastornos depresivos).

Al dejar de hacer cosas que nos sientan bien o son importantes de forma continuada a causa de un estado de ánimo desagradable, el malestar impide vivir la clase de vida que querrías llevar. Así mismo disminuye la posibilidad de volver a contactar con sentimientos positivos, que a su vez ayuden a romper dicho ciclo de malestar. En este sentido, el psicólogo Hayes (2005) distingue dos tipos de dolor cuando evitas hacer algo de relevancia en tu vida. En primer lugar, está el dolor de presencia, que se refiere al malestar que estás sintiendo y justifica evitar acciones por ello («estoy triste»); y, en segundo lugar, el dolor de ausencia, el dolor producido por el hecho de que tu propio malestar te impida vivir la vida que te gustaría («vaya, otro día más sin ir al gimnasio»). Generalmente, cuando más se intenta evitar el dolor de presencia, más se amplifica el dolor de ausencia. Así mismo, el cerebro, usando un mecanismo adaptativo, es posible que te envíe mensajes que justifiquen las ventajas de evitar exponerte a tu desmotivación o estado de ánimo desagradable. La trampa viene cuando al no tener referencias reales de qué habría pasado si hubieses hecho la conducta evitada, te acabas «fusionando» con el sentimiento de malestar, interpretando que la realidad es cómo nos sentimos y no cómo es o hubiese sido realmente.

No obstante, existen múltiples alternativas que ayudan a sobreponerse a la evitación y por tanto posibilitar la mejora en el estado anímico.

En primer lugar, normalizar aquellos sentimientos desagradables, «lo anormal» es no experimentar sensaciones psicológicas dolorosas pero lo conveniente es exponerse a estas para cuestionar su efecto real y generar a su vez nuevas sensaciones, las cuales, muy probablemente, puedan suponer a largo plazo mayor satisfacción.

Por otro lado, es muy importante darse cuenta de cuando se comenten conductas de evitación y las consecuencias de estas, así como entrenarse en distinguir las consecuencias reales de las consecuencias temidas (que a menudo son las que se toman como reales).

Otro recurso muy útil es anticiparse a hacer actividades de acuerdo a un objetivo y no a un estado de ánimo, ya que es un error muy común pensar que primero viene la motivación y luego la acción. Numerosos estudios psicológicos demuestran que generalmente es la acción la que provoca la motivación. Además, es importante ir poniéndose objetivos de más pequeños a más grandes y siempre realistas, ya que objetivos muy complejos y/o inaccesibles nos llevaran a reafirmar la percepción de ineficacia, provocando sentimientos negativos que fomenten a su vez la evitación y malestar.

Por último, siempre es de gran ayuda buscarse apoyos que faciliten exponerse al plan, así como analizar cuáles son las barreras que nos dificultan ejecutar la acción y plantear posibles soluciones ante éstas.

En resumen, tomar conciencia de la importancia de motivar razones que impulsen llevar a cabo acciones importantes para nosotros. Al hacer esto, poco a poco las emociones, sentimientos y pensamientos irán regenerándose, dando lugar a otros más positivos. Es decir, incentivar acciones en las que no estés «fusionado» con tu dolor y la evitación de éste, sino con la clase de vida que realmente te gustaría vivir.

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