¿Medicar la depresión?

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¿Medicar la depresión?

 

Luis Manuel Estalayo Martín            

Psicólogo Clínico-Psicoanalista

www.estalayopsicologo.com

Es frecuente que las personas con sentimientos depresivos se planteen tomar algún tipo de medicación con intención de evitar su malestar. Si pueden hacerlo es porque también hay numerosos sanitarios que así lo indican y facilitan. En mi opinión, es oportuno reflexionar sobre los efectos de este tipo de medicamentos para que las decisiones que se tomen al respecto sean lo más meditadas posibles.

Como definición parto de la que escribe José María Álvarez (“Estudios de psicología patológica”,2017) porque incluye un aspecto social que me parece trascendente en todas las discusiones que tienen que ver con “lo mental”. Escribe este autor que la depresión es “ (…) un tipo de experiencia humana que compromete la falta-en-ser, bien mediante la pérdida de alguien o algo especialmente amado o también a consecuencia del hastío que sobreviene al poseer muchos objetos y comprobar que ninguno satisface. Se traduce en el desfallecimiento del deseo y se experimenta en el dolor de existir, esto es, tristeza, aflicción y sinsentido de la vida”.

La depresión, en este sentido, cuestionaría de manera radical a una sociedad de consumo que se vende como ideal, en tanto que todos los sujetos podrían ser  felices inmersos en luces, selfies  y centros comerciales.

Es llamativo que la epidemia de la depresión se produce justo a partir de la comercialización de los antidepresivos. Puede pensarse que su comercialización depende más de criterios comerciales que sanitarios o científicos. La depresión genera  una enorme riqueza a su alrededor: “(…) se diagnostica al paciente enfermo de depresión mediante criterios (seudocientíficos) internacionales elaborados de acuerdo a los grupos farmacológicos (…) se aplica un tratamiento con psicofármacos, medicamentos que se renuevan de continuo y multiplican su precio” (J.M. Álvarez, 2017). Todo ello en detrimento y descrédito planificado  de otro tipo de tratamientos eficaces y respetuosos con el sujeto.

Numerosos autores vienen destacando la parte comercial de estos fármacos como motivo principal de su epidemia. Así  por ejemplo, Alberto Fernández Liria (“Locura de la Psiquiatría”, 2018) también relaciona el aumento de psicofármacos mas con campañas de marketing que con conocimientos científicos que avalen la idea de que la depresión esté causada por desequilibrios en los neurotransmisores, que podrían ser corregidos por los psicofármacos.

Este autor señala con acierto cómo la supuesta especificidad de estos medicamentos para curar la depresión no tiene ningún sentido; se pasó de considerar a los antidepresivos ISRS como terapia específica contra la depresión a recetar estos mismos fármacos como tratamiento idóneo para “ (…) los trastornos de ansiedad, la fobia social, los trastornos del control de impulsos, el trastorno obsesivo compulsivo, los trastornos del comportamiento alimenticio, el tabaquismo, el trastorno de estrés postraumático, el insomnio, los trastornos somatomorfos, buena parte de los trastorno de la personalidad, el dolor crónico…” (A. Fernández Liria, 2018). Es decir, que su supuesta especificidad no sería sino un mito publicitario.

Parte de este mito es concebir la depresión como una enfermedad y no como una respuesta a circunstancias adversas o resultado de una biografía desafortunada. En consecuencia no se trataría de pensar en qué se puede hacer para mejorar la vida sino en medicarse para no sentir. Esta dicotomía es determinante para orientar unas u otras intervenciones terapéuticas: sedar vs. elaborar.

Respecto a los efectos concretos que pueden esperarse de la ingesta de estos medicamentos podemos considerar por ejemplo la opinión de Joanna Moncrieff (“Hablando claro. Una introducción a los fármacos psiquiátricos”, 2013). Esta autora inicia su reflexión argumentando que la propia etiqueta diagnóstica ya implica desconocer lo que le pase a la persona e intentar ayudarle para analizar cómo solucionar sus dificultades. Idea con la que estoy totalmente de acuerdo y que se renueva en cada consulta. La persona que se asume como “depresiva” y valora como único tratamiento la ingesta de psicofármacos,  tiene una tendencia pasiva ante su sufrimiento, mientras que la psicoterapia la invita a hablar y a pensar, analizando sus sentimientos de manera activa, y a responsabilizarse de las decisiones que vaya adoptando en su vida.  En este sentido, la psicofarmacología es parte y cómplice del silencio y ceguera del capitalismo ante el sufrimiento humano.

  1. Moncrieff desataca distintas investigaciones de laboratorio que se han hecho hasta el momento y que demuestran que la diferencia entre quienes toman antidepresivos y placebo es insignificante. En estos estudios no existe ninguna prueba de que estos fármacos reviertan la depresión como tal. Lo que sí se constata es que al intoxicar al organismo, crean un estado que puede enmascarar esos sentimientos, o generar sedación, que puede interpretarse erróneamente como mejoría.

Por el contrario hay pocas dudas respecto a los efectos adversos que producen. Por ejemplo, los antidepresivos Tricíclicos (ATC) correlacionan, según señala esta autora, con: alteraciones cardiacas, hipotensión postural, ataques epilépticos, boca seca, estreñimiento, dificultad para orinar, visión borrosa, aumento de peso o disfunción sexual, incluyendo impotencia, pérdida de libido y retraso del orgasmo.

Por su parte, los antidepresivos inhibidores de la recaptación de la serotonina (ISRS) incrementan la actividad intestinal provocando náuseas, vómitos, diarreas y dolor abdominal. Además también se asocian a disfunción sexual. En algunos estudios también se sugiere que estos fármacos aumentan el riesgo de conductas suicidas, especialmente en los niños.

Si una persona está atravesando un periodo de sufrimiento o desesperanza, es difícil pensar que un fármaco pueda modificar su situación. Muy al contrario, estar durante un periodo largo de tiempo influido por esa sustancia, tiene que obstaculizar los esfuerzos necesarios para recuperarse.

Es probable que si las personas supieran que estos fármacos únicamente van a hacer que se sientan “sedados”, como más aletargados y despreocupados ante las dificultades que se mantienen, y con numerosos síntomas adversos derivados directamente de su consumo, eligieran otros métodos para afrontar sus conflictos.

Alberto Ortiz Lobo, (“Hacia una psiquiatría crítica”,2013) defiende una posición muy acorde con las anteriores. Este autor argumenta no sólo que los antidepresivos no son superiores al placebo en situaciones experimentales, sino que lejos de corregir supuestos desequilibrios en los neurotransmisores, los provocan. Los antidepresivos no producen efectos terapéuticos y sí múltiples efectos secundarios: cefaleas, molestias gastrointestinales, dificultades sexuales, etc.

Estos efectos negativos son más notorios en personas más vulnerables. Por ejemplo en personas mayores de 65 años se asocia con crisis convulsivas, caídas, fracturas, accidentes cardiovasculares, infartos de miocardio, hemorragia gástrica, intentos de suicidio, accidentes de tráfico y más muertes en general.

Este autor también destaca que estos psicofármacos producen una dependencia física y que su consumo crónico empeora el curso de la depresión llegando a ser “depresógenos”.

En consecuencia, en relación a los datos aportados, es posible defender tres hipótesis:

1.º No está demostrado que la depresión sea una enfermedad que se deba a desarreglos en la conectividad neurológica ni a desequilibrios de distintos neurotransmisores.

2.º Respecto a los antidepresivos, no hay pruebas de su eficacia en corregir esos estados salvo en sus conocidos efectos narcóticos.

3.º Existen numerosas pruebas incuestionables de los efectos adversos que provocan.

Conviene tener presente este tipo de información para decidir tomar o no estos medicamentos ante sentimientos de tipo depresivo. Máxime cuando existen psicoterapias que los abordan con eficacia contrastada y no producen efectos adversos. Lo único que sí exigen es cierto esfuerzo por parte de la persona para solucionar sus conflictos.

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