El dolor invisible de los hombres

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El dolor invisible de los hombres

 

Luis Manuel Estalayo Martín

Psicólogo clínico-Psicoanalista

www.estalayopsicologo.com

 

El ser humano es un ser de ficción; continuamente nos contamos cuentos sobre nuestra historia y vivimos dando crédito a los que nos vayan pareciendo más verosímiles en cada momento. Somos seres de sueños y fantasías alejados de una verdad validada sin fisuras.

Esta realidad cobra distintos matices según la evolución del ser humano en distintas épocas y lugares del planeta. En la era digital que habitamos, la verdad se está convirtiendo en una mercancía que se vende entre un infinito y constante tráfico de ideas y de noticias, en distintos medios y  redes sociales. Vivimos en un mundo en el que la verdad de los hechos ya no parece tan decisiva para formarse opiniones o tomar decisiones. Podría decirse que estamos por encima de los hechos, moviéndonos con improvisadas certezas fundadas en la nada o en noticias falsas. En opinión de A. Baricco (The Game, 2019) esta situación surge “allí donde ha enraizado el resentimiento hacia las élites, hacia los expertos…”

En este sentido, sería importante defender un rigor informativo que partiera de datos en cualquier tema que pretendamos analizar, y no de textos políticamente correctos en determinados contextos sociales.

Es la misma necesidad a la que aludía en un post anterior en el que mencionaba la importancia del texto de Maurizio Ferraris (“Manifiesto del nuevo realismo”, 2013). Este autor realiza una crítica meditada a la deconstrucción, defendiendo la necesidad de tener en cuenta la realidad, los hechos, evitando incurrir en una generalidad excesiva de que todo es subjetivo, de que cualquiera puede opinar de cualquier cosa, de que la realidad se puede inventar haciendo creer cualquier cosa.

La realidad viene demostrando que revocar cualquier autoridad de lo real tiene importantes consecuencias políticas, en tanto que la invención sin freno genera una niebla insufrible.

En esta misma línea de pensamiento incluyo la opinión de Tony Judt respecto a la importancia de los historiadores, de tener en cuenta los datos de la Historia, su ontología: “La responsabilidad ética fundamental de la historia consiste en recordarle a la gente que las cosas sucedieron en realidad, que los hechos y los sufrimientos fueron reales, que la gente vivió así y que sus vidas acabaron de esa manera y no de otra” (“Pensar el Siglo XX”, 2012).

Es en este contexto que considero de interés el amplio y riguroso análisis que Daniel Jiménez expone en “La deshumanización del varón” (2019).

Más allá de lo discutible que pueden ser algunas de sus hipótesis relativas a la ideología de género,  quiero destacar lo que para mí cobra mayor interés en su texto que es el hecho de que existe un déficit informativo muy notorio de sufrimientos que soportan los hombres. Son numerosos los datos que se ignoran o se silencian, los temas vinculados al sufrimiento de los hombres  que sistemáticamente se excluyen del discurso político y periodístico.

De entre todos los que expone D. Jiménez quiero destacar sólo cuatro como muestra de esta llamativa invisibilidad:

  1. El hombre se ha encontrado a lo largo de toda la Historia más expuesto que la mujer a una muerte violenta, ya sea como víctima de homicidio, guerras o suicidio.
  2. Existen numerosas pruebas de consecuencias terribles tras rituales de circuncisión masculina, como infecciones, deformaciones del pene, amputaciones o muerte. Por ejemplo, solo en la provincia Oriental del Cabo, entre 1995 y 2015 se contabilizan 969 varones muertos en rituales de circuncisión, mientras que el número de penes amputados se calcula que dobla al de muertes.
  3. Los hombres son víctima de violaciones y agresiones sexuales en conflictos armados. Aunque de manera llamativa no se les reconoce como víctimas de violencia sexual en conflictos armados por la ONU hasta 2013.
  4. En el ámbito jurídico el hombre recibe penas más largas que las mujeres por el mismo delito, se le aplica con más frecuencia pena de muerte, y pierde rutinariamente la custodia de los hijos con mucha mayor frecuencia que las madres.

Este tipo de datos no limita en ningún sentido la radical importancia  de la violencia sufrida por las mujeres a lo largo de la Historia, ni cuestiona la necesidad de mantener el concepto de “violencia machista”. Como tampoco implica restar importancia al maltrato que sufren la infancia, los animales o el Planeta.

Pero sí apuntan a cierto sesgo informativo. Así por ejemplo, los medios de comunicación transmiten que las mujeres adúlteras  en Irán son lapidadas, e incluso es frecuente que se pidan firmas para intentar parar este tipo de salvajadas. Lo que generalmente no se sabe, porque no se transmite, es que la lapidación de hombres por adulterio en Irán es mucho mayor que en mujeres.

Este recurrente sesgo informativo va creando una opinión pública polarizada, una posverdad según la cual los problemas masculinos no serían dignos de atención.

En mi opinión, la construcción de sociedades más justas e igualitarias debe incluir a todos los seres humanos implicados en el entendimiento y respeto mutuos, además de enmarcarse en un discurso radicalmente ecologista. En este camino conviene no invisibilizar ningún sufrimiento y meditar los argumentos que nos ayuden a crecer teniendo en cuenta los datos de la realidad.

 

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