Fronteras con raíces

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Fronteras con raíces

Paula Estalayo Bielsa

 

Los espectros de Europa no son exactamente esas personas “seculares y sagradas”, vestidas con impermeables plásticos y que intentan cruzar, en Indomeni, una frontera: son las preguntas que esas personas formulan a nuestro presente, a nuestros propios deseos, tanto como a nuestras memorias políticas. Aparecen como espectros porque su inquietante extrañeza hace crecer en nosotros la angustia del hogar de antaño. Podríamos decir, entonces, que son ciertamente preguntas que recorren Europa. Preguntas de tiempo y, en consecuencia, preguntas de ser y de existencia.

                                                                                             Pasar, cueste lo que cueste

                                                                                              Didi-Huberman

 

La crítica decolonial, nos ayuda a pensar las relaciones globales entre los países en el presente. Esta crítica defiende que la colonialidad no acabó con el fin de la época colonial, que las bases de las colonias de América del Sur no desaparecieron, sino que hubo una transición del colonialismo a la colonialidad global que “agudiza las exclusiones provocadas por las jerarquías epistémicas, espirituales, raciales/étnicas y de género/sexualidad desplegadas por la modernidad” (Castro-Gómez y Grosfoguel, 2007; Mignolo, 2003, Contreras y Trujillo, 2017, p.151).

Una de las bases sobre las que se ha fundamentado el colonialismo occidental es la invención de la raza, una ficción biológica. Al clasificar el mundo en términos de raza, se fueron construyendo relaciones de superioridad e inferioridad. Así, se naturalizaron las relaciones de dominación social entre europeos y no europeos. De esta manera, el supuesto de la raza constituye y justifica una división jerárquica que establece unas personas como más privilegiadas (y más humanas) que otras, construye un nosotros como norma, como el universal, y una Otredad como inferior, como menos humano o incluso como monstruoso.

Actualmente estamos viviendo el auge de la extrema derecha, de partidos fascistas, del racismo y la xenofobia, y de los discursos identitarios nacionalistas. ¿Cuál es la base sobre la que se estructuran sus discursos y miradas? Construcciones dicotómicas entre el nosotros, y el otro, entre lo igual, lo homogéneo, y lo diferente, lo extraño. El migrante o el refugiado es visto incluso como amenaza que pone en peligro nuestra supuesta identidad nacional. Luego, la colonialidad sigue vigente en el capitalismo global, pues estas divisiones  actuales que dan forma a los discursos y prácticas excluyentes de identidad nacional están enraizados  en las fronteras ya mencionadas, aquellas que se impusieron con la expansión del colonialismo.

Es muy importante ver los ejercicios de exclusión, las desigualdades e injusticias que crean estas bases dicotómicas. Y es que estas fronteras en las estructuras de pensamiento crean realidad y justifican la situación de las fronteras físicas de Europa, lugares donde actualmente se violan sistemáticamente los derechos humanos de los migrantes y refugiados. Los Estados priorizan proteger la nación y su identidad, a proteger los derechos humanos. Así pues, la división entre el nosotros y el ellos, delimita cuáles son las vidas que importan, y cuáles son aquellos cuerpos que quedan arrojados a los márgenes, a la periferia, a la abyección. Sus vidas son menos vida, y sus muertes son menos lloradas.

Se vuelve necesario poner en cuestión la lógica racionalista basada en el sujeto tradicional occidental, que se impone como norma en oposición a los otros. Se vuelve necesario cuestionarse también al sujeto neoliberal del capitalismo que está basada en el individualismo, en la idea del hombre autónomo, que se gobierna a sí mismo. Necesitamos romper con esta idea de sujeto, centrado en sí mismo – que solo puede llevar a perpetuar la violencia y la desigualdad – y entendernos como seres interdependientes e interrelacionados (Cano, 2014, 2017). Es el reconocimiento de nuestra interdependencia lo que puede posibilitar una ética de la responsabilidad, asumiendo responsabilidades colectivas.

Encuentro realmente paradójico que el sujeto  del capitalismo global sea este individuo aislado, independiente, autónomo, cuando dicho sistema se estructura en relaciones interdependientes de poder. El capitalismo neoliberal produce desigualdad global, y está basado en esas mismas desigualdades, en las interrelaciones de poder. Nuestro mundo se sustenta en relaciones de parásitos, donde la buena vida de algunos pocos es parásita de la vida de muchos, donde aquellos que tienen poder y recursos viven a costa de los que no los tienen (Abu El-Haj, y Skilton, 2017). Por ello, las desigualdades del mundo nos atañen, nos interpelen, y debemos poner el foco en las relaciones de poder y el presente colonial. Mantener una mirada del mundo global e integral, pone en evidencia lo absurdo de colocarse en discursos cerrados y excluyentes de identidades nacionales, que cierran fronteras e incitan al odio contra los migrantes y refugiados, cuando son muchas de las naciones-Estados las que crean condiciones económicas y sociales devastadoras en otros países que precisamente se enredan con las causas por las que las personas se ven forzadas a emigrar.

Como sostiene Trinh T. Minh-ha (2012), “conectados intensamente con la historia y la política que han surgido para desplazarlos, los refugiados son personas no deseadas cuya historia ha sido una vergüenza para todos, ya que expone la política de poder en su forma más primitiva (…) la crueldad de las grandes potencias, la brutalidad de la nación” (Minh-ha, 2012, p.637 y 638).

Situándonos en la interdependencia e interrelación de todos los seres, se vuelven necesarios nuevos planteamientos éticos y políticos que apunten hacia la justicia global. Una ética entendida como la capacidad humana de tomar responsabilidad sobre los modos de relación, sobre los modos de co-emerger y co-existir en el mundo (Zylinska, 2014); una ética como práctica para posibilitar mejores maneras de “estar con” en el mundo. Una política que ya no se base en elegir y decidir, sino en los encuentros y conexiones con los otros, en la implicación (Meissner, 2014); una política articulada como encuentro y responsabilidad, entendiendo la responsabilidad como la habilidad de responder a los otros, responsabilidad como mandato ético de desarrollar la capacidad de responder a los otros, de hacernos cargo de las interrelaciones que nos constituyen.

Para acabar, retomo esta noción de Didi-Huberman de los migrantes y refugiados como preguntas que recorren Europa: preguntas que Europa no sabe, no quiere, no puede responder, pues ella misma está siendo cuestionada. Y es que hoy en día la situación de las fronteras de Europa cuestiona la base misma del “Estado del Bienestar Europeo”, que se ha erigido sobre desigualdades globales estructurales. Por ello, cuando tienen lugar procesos de colonización bajo la paranoia de ser colonizado, cuando los conflictos de frontera pasan a que la frontera acabe dividiendo la vida y la muerte (Didi-Huberman, 2017), es necesario que nos movamos en otra dirección, hacia direcciones que permitan la vida de esos otros, que permitan que las vidas puedan ser bien vividas.