Valores en tiempos de cuarentena y más allá

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Valores en tiempos de cuarentena y más allá

Beatriz Dorotea García Fdez-Quintanilla

Psicóloga General Sanitaria

Es posible que desde que empezó toda esta cuarentena, seguramente incluso antes de la pandemia, muchas veces nos pillásemos a nosotros mismos preguntándonos sobre si estábamos llevando la clase de vida que queríamos vivir.

Es muy probable que esta situación de freno y privación de tantísimas cosas que anhelamos, nos esté inspirando a una nueva perspectiva desde la que mirar nuestra vida actual y la comparativa con la que querríamos perseguir.

Personalmente veo muchísimos post sobre cómo ser productivo. Yo mientras me pregunto y os invito a reflexionar sobre cómo poder ser más constructivo, ahora y en la vida que nos queda.

Para iniciar esta reflexión me apoyaré en los valores, entendiendo éstos como direcciones vitales elegidas (Hayes, 2011). Los valores tendrían mucho más que ver con un camino significativo que con una meta a conseguir. Por resumirlo para toda la familia,  las metas estarían mucho más orientadas al resultado mientras que los valores se nutren del proceso. Es decir, los valores son verbos (amar, cuidar, aprender, emprender, etc.), no algo que tengamos (un ascenso, una pareja, unos vaqueros maravillosos). Por eso los valores nunca se agotan, están siempre presentes como horizonte, momento a momento (Wilson y Luciano, 2002).

Esta sutil diferencia entre valores y objetivos podría explicar cómo a pesar de tachar muchas cosas de la lista de quehaceres, a veces no nos sentimos del todo satisfechos. Ya que, nuestra mente suele ser bastante insaciable, siempre quiere más sensación de ganancia. Sin embargo, cuando nuestras acciones se ven representadas en las cosas que nos hacen babear, suele producirse una conexión más plena, más consistente.

Ahora es cuando seguramente os estaréis planteando: ¡sí suena maravilloso!,  pero ¿dónde diablos encuentro yo esos valores? Pues una primera pista de referencia es que los valores tienen que ver con nuestras vivencias más íntimas, tienen gran relación con lo que más nos duele. Porque detrás de aquello que más miedo nos da o nos preocupa, suele estar aquello que más nos importa.

Intenta pensar en algo que te provoque mucho miedo, ahora pregúntate, ¿qué hay detrás de ese dolor?, ¿sientes que estás cuidando aquello que más te importa?, ¿si nadie te estuviese juzgando seguirías haciendo lo mismo o cambiarías algo?

Por eso generalmente, aquello por lo que estás dispuesto a vivir, también es por lo que más estás dispuesto a morir. Asumiendo que los caminos de la vida no son rectos porque la vida tampoco es fácil, ni los humanos somos perfectos. Necesitamos perdernos para encontrarnos desde una nueva perspectiva, quizás una más completa.

Los valores funcionarían como una guía de vida, una brújula a la que acudir en las elecciones que tomamos y es con cada acto que realizamos cuando los valores se hacen presentes. Para Hayes (2011), padre de la terapia de aceptación y compromiso (ACT), cada paso que das en la dirección de tales valores es una parte del proceso.

Esto no quiere decir que fijar metas a corto plazo no resulte útil, las metas a corto plazo junto con aquellas de referencia a largo plazo, nos ayudan a seguir el sendero de nuestra vida y graduar el camino. Pero vivir sólo de a corto plazo puede sumergirnos en esa conocida sensación de “pan para hoy y hambre para mañana”, mientras que una vida orientada a valores activos a menudo alimenta más profundamente.

Otra parte fundamental en todo esto sería reconocer y aceptar nuestro dolor. Si estamos dispuestos a afrontar nuestras reacciones, sin intentar evitarlas, estaremos entonces capacitados de elegir lo que valoremos activamente. Porque recuerda que tú eres tu miedo y mucho más que eso.

Sería imposible y poco recomendable no tener miedo, ni preocupaciones, ya que cumplen una función adaptativa en nuestra protección ante el peligro. El dolor forma parte de la condición de ser humano. El problema vendría cuando perseguimos una vida basada en la evitación al dolor, en vez de una vida en dirección a lo que querríamos y nos importa.

Por eso, cuando te notes llevándote por algo que no te esté resultando útil, intenta hacerte la siguiente pregunta: ¿es esto lo que quiero hacer realmente?, ¿qué haría si no dominase el miedo?, ¿estaría dispuesto a comprometerme con lo que realmente quiero?

A menudo nuestra mente nos boicotea anticipando posibles complicaciones. Nuestra cabeza siempre va a estar mandándote señales, analizando y juzgando, este es su trabajo.

Intenta recibir su mensaje y elegir si estás dispuesto a no hacerle caso para comprometerte con lo que sea que en este momento es más importante para ti. Si cometes un desliz, simplemente invítate a volver a empezar de nuevo, sin juzgarte. Una dirección importante no cambia porque se falle.

Es cierto que en nuestro día a día sin freno es muy complicado realizar esta re-valoración vital, ya que muchas veces para ver nuestra vida con perspectiva necesitamos dar un paso atrás.

Por eso, quizás esta cuarentena pueda suponer una oportunidad para desarrollar esa toma de perspectiva, frenar las 100 pautas de productividad, para comenzar a preguntarnos y comprometernos con una guía más constructiva.

¿Qué es lo más importante para ti que puedas controlar en este momento?, ¿cómo te gustaría alimentar tu vida a partir de ahora? Haciendo presente un horizonte valioso y viendo de qué acciones y rutinas quieres qué esté hecho. En definitiva, alimentando una vida con sentido, ¡estando vivos hasta que muramos!

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