¿Somos estúpidos?

Collage @carlotagtouet

 

Luis Manuel Estalayo Martín

Psicólogo Clínico. Psicoanalista

www.estalayopsicologo.com

 

“La juventud pasa, la inmadurez se supera, la ignorancia se cura con la educación, y la embriaguez con sobriedad, pero la estupidez dura para siempre” (Aristófanes)

 

De todas las acepciones que tiene el término “estupidez” planteo una reflexión sobre la tendencia humana a la repetición de sentimientos y conductas que son aparentemente ilógicos y atentan contra lo que en principio sería más recomendable o saludable para el sujeto. Eso de que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, o cien.

Este mecanismo de la repetición se produce en todos los ámbitos de la vida humana. A nivel individual donde el sujeto llega a sorprenderse de sus emociones, pensamientos o conductas que a modo de síntomas se repiten continuamente ajenas a su voluntad. A nivel familiar, donde los roles establecido en la historia grupal parecen inamovibles por más que vayan pasando los años. O en ámbitos laborales donde algunos temas también se repiten hasta la saciedad sin que se vislumbren soluciones que ayuden a salir de círculos viciosos que suelen generar cansancio, desánimo y malestar.

Esta tendencia fue objeto de estudio inicialmente por S. Freud, en su clásico “Más allá del principio del placer” (1920) donde introdujo el concepto de compulsión a la repetición o pulsión de muerte. En ese texto se argumentan distintas hipótesis explicativas de esta enigmática y aparente tendencia masoquista: la repetición como defensa de cierta angustia asociada a algo traumático infantil que no se quiere recordar; o bien como un proceso necesario para una elaboración posterior que permitiera, como en el juego infantil, salir de la angustia.

En opinión de Freud, la alternativa a esta angustia sería el análisis de los sentimientos y afectos, el desarrollo de un universo simbólico que permitiría cierta elaboración psíquica  que limitaría una repetición estéril.

Posteriores psicoanalistas han ido profundizando en esta perspectiva dentro del psicoanálisis “clásico”. Autores como Laplanche, A. Greeen o Poissonnier, entre otros muchos, hacen aportaciones que van ampliando y clarificando la perspectiva freudiana, e insisten en que la alternativa a la repetición agotadora y aparentemente sin sentido es la simbolización.

Avances significativos en el pensamiento psicoanalítico hacia el psicoanálisis relacional varían esta perspectiva incluyendo los aportes de otras disciplinas y nuevos descubrimientos científicos provenientes de la teoría del apego, las neurociencias o la psicología cognitiva (J. Bowlby, S. Mitchell, H. Bleichmar, D. Stern, P Fonagy, etc)

Teniendo en cuenta estos avances el mecanismo de la repetición se entiende como pautas de conducta (pensamientos, sentimientos, conductas propiamente dichas y relaciones) que quedan grabadas en un proceso primario, a partir de las relaciones que se vayan realizando con un entorno significativo, generando una memoria implícita y un saber hacer pre-reflexivo. Todo ello quedaría inscrito en conexiones neurológicas en precisas áreas cerebrales, lo que genera una tendencia a la repetición y limita el número y tipo de cambios que pueda realizar cualquier persona.

Para el psicoanálisis relacional la alternativa a la repetición sigue pasando por la palabra. Es decir, el nuevo paradigma en psicoanálisis amplía notablemente la comprensión de este fenómeno, pero para prevenir su incidencia o modificarlo se sigue insistiendo en la necesidad de ampliar el campo de simbolización frente a la repetición. La manera de modificar la reiteración de esas pautas conductuales, la forma de evitar que los automatismos inconscientes (implícitos, pre-reflexivos y sustentados neurológicamente) sigan gobernando la vida, es oponerles un proceso secundario y reflexivo que vaya generando nuevas vinculaciones.


Por otro lado, la repetición tiene algo de estructural e inevitable en el ser humano. A este respecto, G. Dessal (“Inconsciente 3.0”, 2019)  señala que una de las falacias actuales de las neurociencias es la de asimilar la “mente” a los procesos algorítmicos de un ordenador. En los avances en materia de Inteligencia Artificial puede abusarse de metáforas antropomórficas que tienden a “humanizar” los sistemas informáticos, a la vez que se deshumaniza a los sujetos. Es precisamente la repetición lo que no admite su reproducción experimental y su tratamiento algorítmico. En palabras de G. Dessal: “Es debido a la “imperfección” de la sustancia gozante que incluso la más inteligente de las máquinas no logrará imitar la estupidez del ser hablante, incapaz de aprender nada, dado que la lógica de su vida se rige por la repetición de un mismo error en el que se encuentra atrapado”.

La repetición por tanto puede ser entendida como una defensa ante la angustia infantil, como un mecanismo necesario para cierta elaboración de dicha angustia, como un conjunto de pautas pre-reflexivas grabadas neurológicamente en la primera infancia, o como algo estructural e inevitable en el ser humano. Al fin y al cabo, la evolución tiene sus propios límites y llega hasta donde llega, y el ser humano no tiene garantizada la inteligencia ni la cordura en la suya, ¡ni mucho menos!

En procesos de psicoterapia psicoanalítica se trabaja permanentemente con estos mecanismos. En una primera fase de la psicoterapia la persona que consulta referirá pensamientos, ideas, sentimientos y conductas con la impresión de que algo en su relato y en su vida tiende a repetirse con frecuencia: “no sé por qué siempre me pasa lo mismo”, “siempre elijo parejas parecidas”, “acabo por consumir aunque no quiera”, “no puedo evitar sentirme culpable ante mis padres”, “me enfurezco con mi pareja siempre por los mismos motivos” “no puedo dejar de pensar en ella aunque no quiera” y un largo etcétera.

Paulatinamente, gracias a la relación terapéutica, en ese texto repetido, en esos sentimientos de ser un poco estúpido al no poder evitar tanta repetición dolorosa, se van a ir incluyendo nuevos elementos significantes, nuevas palabras y puntos de vista, nuevas actitudes, nuevos afectos, que progresivamente irán aumentando la capacidad de mentalización del sujeto, y la posibilidad de establecer nuevos vínculos,  lo que irá dejando atrás la repetición sin sentido.

La psicoterapia sería en este sentido, y con precisión, un tránsito desde la repetición hacia la elaboración, desde el sentirse atrapado por algo desconocido que parece dirigir la vida hacia espacios de mayor conciencia y libertad.

 

 

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