“¿Y UN TIEMPO PARA PENSAR?”

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¿Y UN TIEMPO PARA PENSAR?”

Byung-Chul Han (“La sociedad de la transparencia”, 2013) califica la actual sociedad capitalista con unos términos que comparto totalmente: sociedad pornográfica, de la evidencia y de la exposición; sociedad del espectáculo y de la aceleración.

En efecto, gracias a las nuevas tecnologías es posible comunicar datos a máxima velocidad. Alguno de estos datos a comunicar alude al propio sujeto que lo enuncia de manera que cada sujeto se convierte en su propio objeto de publicidad. Todo es mercancía en la red, exposición y voyerismo. Pero para que tanta información vaya a tal velocidad conviene que los participantes en la red no se diferencien mucho, porque si la palabra del otro es distinta puede generar extrañeza y perturbar o retardar la comunicación. Es decir la velocidad de la red se ve facilitada en una sociedad uniformada. De ahí la coacción hacia un lenguaje formal, pobre, maquinal, sin ambivalencia.

Pero ese tipo de lenguaje no es humano porque el lenguaje humano es profundo, complejo y ambivalente. El espíritu humano es lento en alguna de sus adquisiciones fundamentales e incorpora elementos difícilmente compatibles con esa velocidad. Si por ejemplo hablamos de sufrimiento, dolor, pasión, tristeza, alegría o amor no domesticado, estamos aludiendo a experiencias humanas imposibles de compartir y elaborar con rapidez. La comunicación de aspectos con verdadero sentido es lenta. Entre otras cosas porque la comunicación con sentido requiere de pensamiento y este necesita de un espacio y un tiempo de cierta tranquilidad. El pensamiento requiere un vacío que se opone a lo llena que aparenta estar siempre la red.

El ser humano porta una historia, una memoria, que se reordena y reelabora permanentemente y muchas veces de manera contradictoria. Pero en el universo de la red puede aparentarse ser un conjunto de datos almacenados próximo a la plenitud sin contrariedad alguna; uno foto por aquí, una frase ingeniosa por allá, y se va creando una imagen publicitaria que satisface.

Sin embargo, el ser humano “real” camina con sus historias de otra manera y a otro ritmo. Y mientras camina se va contando esas historias pasadas, presentes y futuras, creando y recreando innumerables narrativas que no pueden acelerarse. Y no pueden acelerarse porque son densas, complejas, ambivalentes y están cargadas de afecto. Es decir, no pueden acelerarse porque son humanas. Exactamente igual que no podría acelerarse la lectura de un poema o la contemplación de una obra de arte.

¿Es posible imaginar un futuro en el que se pueda prescindir de todo lo que requiera pausa y mentalización? Y, si fuera posible, ¿incluiría a los llamados seres humanos?

Este tipo de reflexión conecta con el pesimismo que comparte Roger-Pol Droit (“Si solo me quedara una hora de vida”, 2015):

            “(…) los humanos, que en su conjunto considero ignorantes crédulos y dementes, a los cuales la técnica ofrece en la actualidad unos poderes sin precedentes (…) la barbarie se extiende a medida que la civilización aumenta, de que la estupidez se implanta a medida que las comunicaciones se intensifican, de ahí mi temor a un porvenir sombrío”.

¿Y si ante este paisaje sombrío nos diéramos un tiempo para pensar? Por ejemplo en el amor, en la pasión, en el cuerpo, en los miedos, en la posibilidad de comunicar algo con sentido o en la libertad?

¿Y si nos damos un tiempo para pensar?

Luis Manuel Estalayo. Psicólogo Clínico

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